Elías Canetti: Una selección de aforismos y reflexiones sobre el coleccionismo de libros y la lectura

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El premio Nobel de Literatura 1981 Elías Canetti fue un escritor cosmopolita: búlgaro de nacimiento, judío sefardí por sus orígenes familiares, alemán y austríaco por formación y pensamiento, británico por adopción de la nacionalidad, y suizo por afecto. Respecto a su producción literaria, en vida solo público una novela (Auto de fe), un ensayo totalizante (Masa y poder), varios relatos autobiográficos (La lengua absuelta, La antorcha al oído, El juego de ojos, Fiesta bajo las bombas), algunas piezas de teatro, unas impresiones de viaje (Las voces de Marrakesh), aforismos (El suplicio de las moscas), y una serie de notas sueltas elaboradas a través de los años tituladas Apuntes. Su biblioteca particular que contiene sus diarios inéditos y otras piezas se encuentra actualmente en la Biblioteca Central de Zúrich.

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(Foto: Raphäel Sorin)

Para los interesados en la temática de las bibliotecas en la literatura, Auto de fe (1935) es lectura obligada. El título deriva de Auto-da-fé, frase equivalente en portugués otorgada con la anuencia del autor para titular la traducción al inglés por C. V. Wedgwood, pues el título del original en alemán es Die blendungEl deslumbramiento. El personaje principal de Auto de fe, el sinólogo Peter Kien, posee una nutrida biblioteca de más de 25,000 volúmenes, que constituye su toda su pasión y su mundo. Arrojado de su paraíso particular se verá obligado a interactuar con personajes sórdidos que se aprovecharán de su falta de interacción con una sociedad que le es totalmente ajena y hostil. Finalmente, no obstante recuperar su biblioteca, optará por inmolarse voluntariamente junto con ella en una especie de auto de fe.

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A continuación, una selección de los mejores aforismos, notas y reflexiones de Canetti referentes al coleccionismo de libros y la lectura (Nota: Los números remiten a las fuentes consignadas al final del post):

(1) No me arrepiento de esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión para Masa y poder. También entonces todo sucedió por aventuras con los libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias-todo eso es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.

Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre esos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida. [Fechado 1973].

(2) En la adversidad se leía mejor, era lo único que se tenía.

(3) Que nadie hasta ahora haya firmado con el diablo un pacto para la lectura: “¡Todavía he de leer tanto!”

(4) No puedo negar que me duele no ocuparme de los libros, tengo un sentimiento físico por ellos, de vez en cuando me sorprendo en diálogos de despedida con ellos. En los últimos tiempos han venido a añadirse libros completamente nuevos y valiosos, y la idea de que los he leído tan poco, casi nada, me da fuerzas. Con la mayor desenvoltura me digo en voz alta que estos libros aún sin tocar no dejarán que me vaya, y quizá es ésta su función y ya ni siquiera espero que llegue a leerlos. Una especie de penoso autoengaño se esconde en este asunto, por primera vez en mi vida tengo la sensación de utilizar los libros para un fin impreciso, y que se trate de un fin comprensible y, a la postre, nada mezquino, no arregla las cosas. Me duele pensar que los libros caerán en manos ajenas o que incluso se venderán, me gustaría que permanecieran donde están ahora y que yo pudiera visitarlos de ven en cuando sin ser visto, como un fantasma.

(5) Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos.

(6) Me acuerdo de Mazarino que se despedía de sus obras de arte, cuando creía estar a solas con ellas. ¡Qué comparación! Me puedo consolar de no ser Mazarino; pero no puedo admitir que mis libros no estén a la altura de los cuadros que hoy forman la mejor parte del museo del Louvre. Entre mis libros se encuentran los tesoros más increíbles, y además he vivido con ellos.

(7) Hay libros que tenemos a nuestro lado veinte años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos, que llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeamos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque sólo sea una frase completa. Luego, al cabo de veinte años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un imperativo superior, no podemos hacer otra cosa que coger un libro de estos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo: este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que ocupar sitio; tenía que ser una carga, y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su vuelo; ahora ilumina los veinte años transcurridos en los que ha vivido mudo a nuestro lado. No hubiera podido decir tantas cosas si no hubiera estado mudo durante este tiempo, y qué imbécil se atrevería a afirmar que en el libro hubo siempre lo mismo. [Fechado 1943].

(8) Quemó todos sus libros y, como un ermitaño, se retiró a una biblioteca pública. [Fechado 1949].

(9) Lee para conservar la razón, para seguir comprendiéndose a sí mismo. De no ser así… ¿adónde habría ido a parar, de no ser así? Los libros que tiene en la mano, que observa, abre, lee, son su lastre. Se agarra a ellos con toda la fuerza de un desdichado a quien un tornado se lo va a llevar. Sin los libros viviría, sin duda, con más intensidad, pero ¿dónde estaría? No sabría dónde está, no se orientaría. Para él los libros son brújula, memoria, calendario, geografía. [Fechado 1953].

(10) «La riqueza de un hombre se medía por el número de sus libros y el de los caballos que tenía en la cuadra» (Timbuktu, hacia 1500). [Fechado 1958].

(11) Sin libros las alegrías se pudren. [Fechado 1960].

(12) ¿Se vengarán los libros no leídos? Si él no les hace caso, ¿se negarán a acompañarle al fin de su vida? ¿Se precipitarán sobre los libros hartos, leídos de muchas maneras y los romperán en mil pedazos? [Fechado 1971].

(13) Los libros malos, en su infierno, los sirven demonios bromistas. [Fechado 1972].

(14) El ademán del saber: uno saca un libro de la biblioteca va abriendo rápidamente por distintos pasajes y a todos tiene algo que decir. El otro, que no puede seguir todos estos saltos, se queda asombrado y le envidia. [Fechado 1968].

(15) La característica inequívoca de un gran libro: que al leerlo uno se avergüenza de haber escrito alguna vez una línea; no obstante, no tiene más remedio que escribir, aun en contra de su voluntad y además como si no hubiera escrito jamás una línea [Fechado 1953].

(16) El leído. A B, no le queda tiempo para esfuerzos. No le gusta trabajar. No le gusta estudiar. Es curioso y por eso de vez en cuando lee un libro. Pero tiene que estar escrito de un modo muy sencillo, con frases sencillas, cortas, directas. No debe contener palabras rebuscadas, y por supuesto todo deben ser oraciones simples. No debe tropezar en nada, todo tiene que entrarle fácilmente, sin necesidad de reflexionar. Lo mejor sería que, con la vista, pudiera abarcar de golpe una página entera. En realidad B. está buscando páginas así. Abre un libro por alguna parte, hacia atrás, hacia delante o por la mitad, y mira una página. La página se defiende. No le gusta entregarse al primer envite. Quiere que uno esté con ella veinte o treinta segundos. Ella lo toma como modestia; él es de otra opinión. Su resistencia le molesta; da la vuelta a la página y, si todavía no está demasiado enfadado, hinca el diente en la página siguiente. Las más de las veces ocurre que se repite la misma experiencia. Esto para él es demasiado, y, con creciente indignación, deja esa parte del libro. La castiga, abriendo por otro pasaje, cien páginas más adelante o más atrás. No deja que se le imponga ninguna página y lee donde le parece. De esta manera va dando saltos por el libro de un lado para otro. Como tiene su manera de tratar los libros, no es de extrañar que se vea a sí mismo como un conocedor más experto que todos estos honrados plebeyos que leen los libros una página tras otra. Realmente, de esta manera llega a tener una idea propia de un libro. Si éste más o menos le dice algo, llega a conocer pasajes de diez o quince páginas, pasajes formados por páginas tomadas de las partes más diversas del libro y siempre en un orden insólito. [Fechado 1958].

(17) De vez en cuando tiene ánimos para salir con sus originales ideas y dejar pasmados a los que le conocen. Con un loco más de método podría llegar a conseguir reputación de espíritu voluntarioso y obstinado. Le bastaría con hacer esto con un poco más de asiduidad, coger un libro al mes, digamos. Para él, naturalmente, es demasiado, y la cosa se queda en dos o tres libros al año. Pero hay además otro obstáculo que no debe silenciarse. Carece totalmente de originalidad en el momento de seleccionar los libros. Sólo le interesan aquellos de los que todo el mundo habla. Primero tienen que haber dado su veredicto unánime todos los críticos reputados de todos los periódicos reputados; primero tiene que ocurrir que este veredicto sea tal que todo el mundo coja este libro y que todo bicho viviente sepa de él; que el nombre del autor se oiga con tanta frecuencia que en cierto modo sea de buen tono conocerlo; luego, y no antes se siente tentado a empezar a hojear.

Pero no empieza enseguida. Va a su librería, que está en la calle más elegante de Londres, donde las duquesas hacen sus compras. Conoce bien al dueño. Él es uno de sus mejores clientes. De vez en cuando, el librero, por su cuenta, le manda un libro que podría, interesarle, y aunque ya lo tenga, jamás se lo devuelve. Sin embargo, y sobre todo desde que vive en el mundo del espíritu, prefiere informarse personalmente en la librería. Se hace enseñar este o aquel libro; rechaza éste o aquél con ademán aburrido, sin mirar, y luego, con gesto triunfante, pide el libro del que desde hace quince días habla todo el mundo. Dice el título de un modo aproximado, el nombre del autor no lo sabe bien; no hay que rendir excesivo culto a este tipo de celebridades de todos los días que no pueden gloriarse de generaciones de antepasados. Las más de las veces este libro estaba ya entre los que el librero le había enseñado y que él, de un modo arrogante, había rechazado. Hace falta tener tacto para que no se dé cuenta, porque sabe lo que quiere y quiere que la gente lo note.

Entonces, de un modo negligente y despreocupado, coge el libro bajo el brazo y lo echa en el asiento de su Bently. En casa, en una habitación suntuosa, enorme, en cuyas paredes cuelgan los cuadros de sus antepasados, coloca el libro sobre una gran mesa ovalada en la que, como en un escaparate, se encuentran los libros del mes anterior, los que merecieron especial favor a los ojos de los críticos. Allí está este libro, al lado de sus semejantes, y jamás hay otra cosa. Todo es nuevo y reluciente, y a alguien podría parecerle muy fuera de lugar la nueva edición de una obra antigua que, gracias a los buenos oficios de los suplementos dominicales, ha ido a parar allí. De esta forma ha conseguido poner los libros que están de moda en medio de sus antepasados. Ellos no pudieron saber lo que él tiene aquí; es lo único que en su presencia tiene él y es lo único en lo que les aventaja.

Ahora es cuando puede hacer su selección de entre las obras maestras de la vida moderna. Es capaz de entusiasmarse, pero no es amigo de alabar lo que no le gusta de verdad; porque en sus juicios pone también sinceridad y honradez. En un momento dado, coge el libro que ha adquirido. Lo hace con gran rapidez, como todo lo que hace, con el movimiento decidido de un ave de rapiña. Para empezar, los libros que tienen frases subordinadas quedan excluidos. Para esto tiene una vista de lince y no conoce compasión alguna. Pero depende también un poco del tema. Todo lo que no tenga que ver con él le parece falso. Quiere la verdad; a los autores embusteros los desenmascara rápidamente.

A veces se encuentra con autores que le penetran con la mirada. Si lo hacen de un modo ágil le impresiona. Pero al final acaba buscando una página que se le entregue al primer envite. Si el tema de esta página es él, y si la primera página que abre la capta a la primera ojeada, ya no necesita seguir leyendo. Ha descubierto una obra maestra, su obra maestra, y a partir de este momento lo dirá a todo el mundo. [Fechado 1958].

(18) He montado una biblioteca para trescientos años y más, y todo lo que necesito ahora son esos años. [Fechado 1964].

(19) No puedo renunciar a la vivienda en Thurlow Road. Aunque no esté nunca allí, tengo que saber que puedo estarlo.

Se encuentra un tanto abandonada y no es bonita. Miles de libros se acumulan allí, los leo como si los fuese a perder pronto y luego me asombra reencontrarlos. Una biblioteca que no se utiliza durante semanas y en ocasiones durante meses lo espera a uno con una fuerza terrible. Me sorprende salir de allí con vida. No obstante, es de esperar que algún día me maten de un golpe, sean los libros, sea alguien que en mí se venga de ellos. [Fechado 1979].

(20) ¿Qué haré si me dicen: no tiene usted nada? Llamaré a Veza, después iré a pasear un rato por el centro de la ciudad y tal vez me compraré unos libros. Porque sin comprar libros no existe ninguna emoción para mí, es como para otros el beber. Luego, esta misma noche me pondré a escribir como un poseso y produciré un determinado número de páginas diarias, un número que no podrá ser pequeño, cinco como mínimo.

¿Qué haré si el médico me dice: usted tiene cáncer? Llamaré a Veza y le diré lo mismo que en el caso anterior. Tal vez con un tono más alegre para convencerla mejor. En vez de ir a pasear me sentaré en un café y mantendré un soliloquio. No me compraré más libros. Al atardecer, antes de que se haga de noche, me pondré a trabajar, a escribir. Produciré como mínimo diez páginas diarias. En tres meses una novela inmensa estará acabada. Entretanto viajaré a París para hablar con mi hermano. En verano viajaré con Veza. Quiero ir a París y a Zúrich, a Múnich y a Viena. Por fin viviré como siempre tendría que haber vivido, en un estado de actividad febril, y aunque sólo me quede un año de vida, dejaré la novela más grande de nuestra época de la cual no existe aún ni una sola palabra, y muchas cosas más. [Fechado 1960].

(21) La mayor pérdida de Usama, un caballero árabe de la época de las cruzadas: su biblioteca de 4.000 volúmenes.

«¡Cuatro mil tomos, escritos valiosísimos! ¡Mientras viva, su pérdida seguirá siendo una herida en mi corazón.»

(22) En mí la lectura se propaga mediante la lectura, jamás obedezco a estímulos externos, o sólo después de mucho tiempo. Deseo descubrir lo que leo. El que me recomienda un libro me lo quita de las manos, el que lo alaba, me priva de su lectura durante años. Sólo confío en los espíritus que realmente venero. Ellos pueden recomendarme cualquier cosa para despertar mi curiosidad, basta con que citen algo en un libro. Pero sobre lo que otros citan con sus ligeras lenguas pesa una especie de maldición muy eficaz. Por eso he tenido dificultades en dar con los grandes libros, ya que lo realmente grande ha pasado a ser objeto de un culto generalizado. La gente va proclamándolos, como los nombres de sus héroes, y al llenarse la boca con ellos —desean saciarse— arruinan lo que me resultaría tan importante conocer.

(23) En la vejez se comentan los grandes libros. Son los mismos que de jóvenes quisimos romper en pedazos. Como no lo logramos, lo intentamos de nuevo. Luego los dejamos a un lado. Los olvidamos. Y ahora vuelven a surgir. Los años de olvido nos han hecho merecedores de ellos. Contemplamos sus excelencias. Les hablamos. Ahora, pensamos, habría que comenzar una nueva vida para poder entender uno solo.

Fuentes:

N° 1 al 5: Apuntes 1973-1984. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2000. El N° 1 también se publicó en El libro contra la muerte.

N° 6: La orgía de libros. Apuntes sueltos 1973-1984. Traducción de José María Pérez Gay. En Nexos, 1 julio 2000. https://www.nexos.com.mx/?p=9693

N° 7 al 17: La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972. Madrid, Taurus Ediciones, 1982.

N° 18 al 20: El libro contra la muerte. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017 (edición digital).

N° 21 al 23: El suplicio de las moscas. Madrid, Anaya y Mario Muchnik, 1994.

La biblioteca en El paciente inglés

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En la célebre novela El paciente inglés de Michael Ondaatje, la Villa San Girolamo en Italia (complejo que existe en la realidad y que albergó en los últimos tiempos un convento de monjas) es el escenario central donde convergen sus cuatro personajes principales, todos ellos afectados en mayor o menor medida por diversas experiencias traumáticas sufridas en el contexto de la segunda guerra mundial.

En la novela, la villa se describe en estado ruinoso a causa de los enfrentamientos con los ocupantes alemanes, y por su uso posterior como hospital de campaña por los ingleses. No obstante disponerse la evacuación de la villa, la enfermera canadiense Hana decide permanecer voluntariamente en ella al cuidado de un paciente cuya gravedad no justifica su traslado, un hombre con el cuerpo casi totalmente quemado al punto de hallarse irreconocible, denominado por el personal del hospital únicamente como “el paciente inglés” a falta de una identificación positiva. El paciente se trataba del conde húngaro Ladislaus de Almásy, que había trabajado antes de la guerra como cartógrafo miembro de varias expediciones inglesas de reconocimiento de los desiertos del norte de África, y que durante el conflicto mundial había servido a los alemanes. A ellos se les suma David Caravaggio, ladrón que desempeñó labores de espionaje y que sufrió la amputación de sus pulgares. Caravaggio resultó ser un antiguo conocido de Hana y del fallecido padre de ésta (todos ellos personajes provenientes de la novela de Ondaatje En una piel de león). El último en arribar a la villa es el ingeniero de desactivación de explosivos Kirpal Singh (Kip), un indio al servicio del ejército inglés.   

Tanto en la novela como en la película de 1996 dirigida por Anthony Minghella, se nos presenta la ficticia biblioteca de la villa casi al inicio del relato:

Entre la cocina y la destruida capilla, una puerta daba paso a una biblioteca ovalada. Su interior parecía seguro, excepto un gran agujero, a la altura del rostro, en la pared más lejana, causado por un ataque con proyectiles de mortero que la villa había sufrido dos meses atrás. El resto de la sala se había adaptado a su herida y había aceptado las oscilaciones del clima, las estrellas vespertinas, los sonidos de los pájaros. Había un sofá, un piano tapado con una tela gris y una cabeza de oso disecada y las paredes estaban cubiertas con altas estanterías de libros. Los estantes más próximos a la pared rota estaban combados, porque la lluvia había duplicado el peso de los libros. También entraban rayos en la sala, una y otra vez, que caían sobre el piano tapado y la alfombra.

En el extremo había puertas acristaladas, recubiertas con tablas. Si hubieran estado abiertas, habría podido ir de la biblioteca al pórtico y de éste, tras bajar los treinta y seis peldaños de penitente, pasar por delante de la capilla y llegar a un antiguo prado, ahora devastado por las bombas de fósforo y las explosiones. El ejército alemán había minado muchas casas de las que se retiraba, por lo que se habían precintado la mayoría de las habitaciones innecesarias, como aquélla, clavando las puertas a sus marcos.

La joven conocía esos peligros cuando se introdujo en la sala y caminó por ella en la penumbra de la tarde. Se detuvo, consciente de pronto de su peso sobre el entarimado, y pensó que probablemente fuese suficiente para activar el mecanismo que pudiera haber en él. Tenía los pies sobre el polvo. Sólo entraba luz por el mellado círculo dejado por el mortero, por el cual se veía el cielo.

Sacó El último mohicano, acompañado de un chasquido, como si lo hubiera separado de una pieza compacta, y al ver, aun con tan poca luz, el cielo y el lago de color aguamarina en la ilustración de la portada, con un indio en primer plano, se sintió animada. Y después, como si hubiera alguien en el cuarto a quien no debiese molestar, retrocedió pisando sus propias huellas, para mayor seguridad, pero también como si se lo impusiera un juego secreto, a fin de que pareciese que había entrado en la habitación y después su cuerpo había desaparecido. Cerró la puerta y volvió a colocar el precinto que avisaba del peligro.

Se sentó en el hueco de la ventana del paciente inglés, con las paredes pintadas a un lado y el valle al otro. Abrió el libro. Las páginas estaban pegadas en una ondulación rígida. Se sintió como Crusoe al encontrar un libro arrojado por el mar a la playa y secado al sol. Relato de 1757. Ilustrado por N. C. Wyeth. Como en los mejores libros, tenía la importante página con la lista de ilustraciones, cada una de ellas acompañada de una línea de texto.

Se introdujo en la historia sabiendo que saldría de ella con la sensación de haber estado inmersa en las vidas de otros, en tramas que se remontaban hasta veinte años atrás, con todo su cuerpo lleno de frases y momentos, como si se hubiera despertado con una pesantez causada por sueños que no pudiese recordar (capítulo I: La villa).

Hana recurre a la biblioteca para extraer libros con cuya lectura entretiene al postrado paciente inglés, al cual lee además un ejemplar de las Historias de Herodoto de propiedad del mismo paciente:

Por la noche nunca estaba lo bastante cansado para dormir. Ella le leía pasajes de cualquier libro que encontrara en la biblioteca del piso inferior. La vela parpadeaba en la página y en el rostro de la joven enfermera y apenas dejaba ver los árboles y el panorama que decoraba las paredes. Él la escuchaba y absorbía sus palabras, como si fueran agua (capítulo I: La villa).

 

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Progresivamente Hana establece una relación más íntima con los libros de la biblioteca de la villa:

Fue la época de su vida en que se volcó en los libros como única vía de salvación. Pasaron a ser media vida para ella. Se sentaba, encorvada, ante la mesilla de noche y leía la historia del muchacho que en la India aprendió a memorizar diversas joyas y otros objetos de una bandeja, que pasó de un maestro a otro (capítulo I: La villa).

(…) Tras haber llegado hasta la biblioteca, encendió la linterna que llevaba al brazo y avanzó junto a las estanterías que se extendían desde sus tobillos hasta alturas invisibles por encima de ella. La puerta estaba cerrada, por lo que nadie que pasara por los pasillos podía ver la luz. Kip sólo podría ver la luz al otro lado de las puertas acristaladas, en caso de que estuviese fuera. Daba un paso y se detenía a buscar; una vez más por entre los libros — italianos la mayoría— uno de los pocos volúmenes ingleses que podía regalar al paciente inglés. Había llegado a estimar aquellos libros acicalados con sus encuadernaciones italianas, los frontispicios, las ilustraciones en color pegadas y cubiertas con papel de seda, su olor, incluso el crujido que emitían, si se abrían demasiado rápido, como si se hubieran roto una serie invisible de huesos diminutos (capítulo VIII: El bosque sagrado).

Otra de las personas que utiliza la biblioteca es Caravaggio:

Caravaggio entró en la biblioteca. Ahora pasaba la mayoría de las tardes en ella. Como siempre, los libros eran seres místicos para él. Sacó uno y lo abrió por la página del título (capítulo III: Cierta vez un fuego).

Como ocurre con la mayoría de obras adaptadas al cine, las diferencias entre la película y la novela son varias, y la biblioteca como escenario no fue la excepción. En la película, vemos un convoy de sanidad militar en tránsito a Livorno, el cual se ha visto detenido por la presencia de minas en la ruta. La enfermera Hana explora los alrededores y encuentra las ruinas de un monasterio sin nombre (en la película los exteriores del Monasterio de Sant’Anna in Camprena), penetrando al edificio por la biblioteca a través de un enorme agujero en la pared realizado por un obús. Ella solicita quedarse en la villa junto con el paciente inglés, juzgando que podrán estar a salvo a pesar de las advertencias de la presencia de bandidos y rezagados alemanes, además de las minas. Aquí se muestran algunas escenas extraídas de la versión cinematográfica con Juliette Binoche en el papel de Hana.  

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Como vemos en la película, tanto el emplazamiento de la estantería como el salón donde se encuentra la biblioteca difieren del planteamiento del libro, pues ahí se menciona que la estantería se encuentra distribuida por el contorno de todo el salón de la biblioteca que es de forma oval. Al igual que en el libro, en la biblioteca de la película hay un piano cubierto por una lona, que en otra escena posterior es tocado por Hana.

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Los libros de la biblioteca no solo sirven para ocupar el tiempo libre de los precarios habitantes de la villa. También se les da un uso más prosaico. En una escena Hana corre alegremente por el pasillo central entre los estantes cargando una pila de libros que luego son colocados junto a otros más… ¡para rellenar los espacios creados por el hundimiento de un sector de la escalera de la villa, haciendo las veces de nuevos peldaños! 

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En la novela los libros de la biblioteca son empleados con el mismo propósito de servir de nuevos peldaños o escalones:

La escalinata había perdido sus peldaños inferiores durante el incendio provocado por los soldados antes de marcharse. Ella había sacado veinte libros de la biblioteca y los había clavado al suelo y después unos a otros para reconstruir los dos peldaños inferiores. La mayoría de las sillas habían servido para hacer fuego. El sillón de la biblioteca se había salvado, porque siempre estaba mojado, empapado con las tormentas nocturnas que entraban en el boquete dejado por el proyectil de mortero. En aquel mes de abril de 1945, todo lo que estaba mojado se libró del fuego (capítulo I: La villa).

Debemos acotar que en el filme se omite la mención a otras obras de la literatura que se hace en el texto. La revisión del ejemplar de las Historias de Herodoto donde su propietario ha insertado fotos, dibujos y otros papeles sueltos nos remite en flashback a algunos de los eventos que determinaron el estado final del paciente inglés.

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Finalmente, un pequeño aporte: en una de las escenas de la película a la cual se sobrepone la leyenda “El Cairo, 1939”, Madox (Julian Wadham) y Almásy (Ralph Fiennes) discuten sobre unos planos desplegados en una mesa teniendo como fondo el interior de una biblioteca. Esta biblioteca no es ficticia: se trata de la Biblioteca Casanatense de Roma. En la escena se advierten las barandas metálicas del segundo nivel, la disposición particular de la estantería, el revestimiento de las columnetas, las franjas de cuero sujetas a lo largo del canto de cada anaquel para proteger del polvo los libros situados en el nivel inferior (una verdadera curiosidad), y el remate en forma de concha de abanico de las vitrinas de exhibición dispuestas en paralelo a la estantería.

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Los libros huecos en «Amante bandido» de Miguel Bosé

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Miguel Bosé no requiere mayor presentación, aunque en los últimos años no haya hecho noticia por sus méritos artísticos sino por generar polémica al abrazar la corriente del negacionismo respecto a la COVID-19, aunque posteriormente tratara de desmentirse sobre el tema.

¿Y por qué tendríamos que referirnos aquí al cantante? Porque en atención al giro de este blog, recordamos que el videoclip de su conocida canción Amante bandido[i] fue realizado al interior de una antigua biblioteca italiana, la Biblioteca Angelica (sin tilde) situada en Roma, un pretexto además para tratar sobre los denominados libros huecos.

Los libros huecos

La historia mostrada en el video es una suerte de alusión a los cambios radicales que por entonces Bosé empezaba a experimentar tanto en la imagen artística que proyectaba como en el tono de voz que en adelante utilizaría en todas sus producciones. A lo largo del clip se muestra a Bosé actuando en simultáneo en dos roles: como una especie de genio inquieto o ser sobrenatural (a lo David Bowie en la portada de Aladdin Sane), y como un joven investigador algo estereotipado, el cual se encuentra solitario en una biblioteca rebuscando compulsivamente entre los libros de la estantería y principalmente entre las pilas de volúmenes repartidos por todas las mesas de lectura. Mientras entona algunos pasajes del tema musical, el genio-Bosé sigue muy de cerca los pasos del investigador-Bosé.

Una vez abiertos los volúmenes, se reconoce fácilmente que son libros de utilería de gran formato cuyas páginas reproducen cómics de aventuras (incluso, en las viñetas del último libro hueco abierto hacia el final del video se distingue a Batman) y que emulan a los denominados “hollow books” o libros huecos (de los cuales trataremos más adelante), siendo en uno de estos donde el investigador empieza por hallar una pistola enfundada que manipula horrorizado.

A pesar de su espanto inicial, el investigador halla más libros huecos y extrae de ellos una sucia y ajada indumentaria y varios otros objetos que incluyen una ración de comida en una cacerola de campaña que devora ahí mismo, y una serpiente viva que se enrosca al cuello, convirtiéndose progresivamente en una especie de Indiana Jones[ii]

Una vez completada su transformación, Indiana-Bosé abandona la biblioteca (que a estas alturas se ha convertido en un reguero de libros por mesas y suelo), a pesar de los gestos del genio que parecieran tratar de impedírselo. Finalmente, al rebuscar en uno de los libros, el genio encuentra dentro de éste los lentes que portaba el investigador al inicio de la historia. Finaliza el videoclip mostrando los créditos de realización.

Otros ejemplos de libros huecos o “hollow books”

Cuando uno realiza una búsqueda en Internet sobre los libros huecos (o agujereados si nos atenemos a la traducción literal de la frase en inglés “hollow book”) encontramos varias páginas y videos que muestran cómo hacer uno propio con fines decorativos o para guardar algún objeto específico.

En el Diccionario de bibliología y ciencias afines de José Martínez de Sousa (Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1993) encontramos que una de las acepciones para la voz Dumio se ajusta al de libro hueco: «Libro fingido que sirve de estuche para guardar botellas de licor u otros objetos» (p. 292).

En John Wick 3 (2019) se encuentra la escena de película más reciente que muestra un libro hueco. El protagonista acude a la Biblioteca Pública de Nueva York y solicita a una bibliotecaria la ubicación de una edición de Cuentos populares rusos de Alexander Afanasiev. El volumen es hueco, por supuesto, y contiene un rosario, una especie de medallón, una fotografía y monedas de oro.

Recuerdo especialmente el Libro de libros: mil curiosidades sobre el más fascinante de los mundos de Enrique Gallud Jardiel (Editorial Denes, 2005), cuya ilustración de cubierta muestra un libro hueco que contiene otro libro, una referencia alegórica al contenido de la obra.

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A pesar de estos usos modernos, la costumbre de contar con libros huecos para ocultar o guardar diversos objetos es de antigua data. En el museo Correr de Venecia se guarda una famosa biblia hueca que contiene una pistola sin mango, la cual podía ser disparada halando de la cinta de seda que aparentaba ser un separador de páginas. Su dueño fue el Dux de Venecia Francesco Morosini (1619-1694).

En el Fondo Antiguo de la Biblioteca Nacional del Perú debe existir aun un volumen hueco de gran formato que es uno de los tomos de la famosa Enciclopedia francesa. Así se mostró en un noticiero cinematográfico emitido probablemente antes de 1946.

[ACTUALIZACIÓN 22/08/2021: Con fecha 28 de julio de 2021 RPP Noticias publicó en Youtube un video titulado BNP: El libro oculto dentro del diccionario de las Ciencias y las Artes del Linderhof, donde se muestra el volumen hueco reseñado en la década de 1940. Sin embargo, en este este encabezado se advierten dos errores: en la Enciclopedia no intervino nadie de apellido Linderhof, y además, dentro de este volumen no existe ningún libro oculto. Realmente, no hay forma de saber a ciencia cierta qué objeto contuvo este libro hueco].

Un libro real en una historia de fantasía

Volviendo al video de Amante bandido, al lado de estos libros ficticios también se muestran algunos otros libros que evidentemente son antiguos, aunque resulte imposible identificarlos. Solo la portada de uno de ellos se muestra en fracción de segundos, resultando no obstante dicho lapso suficiente como para poder reconocerlo positivamente. Se trata de la obra cuya descripción se ofrece a continuación, muy probablemente perteneciente a la colección de la misma Biblioteca Angelica por su temática y lugar de edición:

Tractatvs de evictionibvs / Alphonso de Gvzman / Genzor, ivrisconsvlto hispano / in hac svprema cvria advocato, avthore. / Omnibus quidem Iuri operam dantibus, tàm in Theorica, / quàm in Praxi perutilis, & non minùs Iuidicibus, quàm / Aduocatis valdè necessarius. / In quo / Non tantum Quaestionum Practicarum in iure Ciuili, et canonico / repertarum resolutiones spectantes, sed etiam omnem pra- / xim huius Curiae cernere licet. / [Viñeta de impresor] / Romae, / Sumptibus Iosephi Corvi, Anno M.DC.LXXIII. [1673] / Svperiorvm Permissv. 450, [54] páginas.

Un ejemplar de esta obra perteneciente a la Biblioteca Nacional de Nápoles se encuentra íntegramente digitalizado y disponible para la descarga en Google Books. Este tratado tuvo gran repercusión para la época, pues además de la primigenia edición madrileña de 1629, se conocen otras como la impresa en Roma (1673), la de Lyon (1676), y la de Ginebra (1736). La viñeta que muestra un cuervo probablemente sea una alusión al apellido del impresor, y está presente en otro impreso de 1672: De execvtoribvs et commissariis testamentariis de Francisco Carpio.


[i] Justamente en referencia a su postura frente a la pandemia, en España se realizó en 2020 una divertida parodia de esta canción cambiada como Amante del negacionismo.

[ii] Tal como el propio cantante declaró sentirse en esa etapa de su vida. El País (España), 17 de octubre de 1984.

Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz: evocaciones, por Martín López

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Así se titula el ensayo preparado por el que suscribe incluido en el primer número de la revista de divulgación científica Libros & Ciencias (diciembre 2020) publicado por la Biblioteca Nacional del Perú y el CONCYTEC, cuya edición digital de descarga libre se encuentra disponible mediante el siguiente enlace:

https://www.gob.pe/institucion/concytec/informes-publicaciones/1368940-libros-ciencia

Revista

En su célebre texto Decadencia y restauración del Perú, Hipólito Unanue destacaba la importancia de las ciencias naturales orientadas al estudio y la explotación de las abundantes riquezas del Perú, no obstante lamentarse a la vez del escaso estímulo e interés en cultivarlas. Sólo a través de la aplicación de la química, la geología, la biología, y otras ramas de las ciencias consideraba Unanue que se alcanzaría el pleno desarrollo de la minería y la agricultura, lo que a su vez propiciaría el auge del comercio y la industria.

Este vacío advertido por Unanue en el desarrollo de las ciencias cuando el Perú todavía se encontraba bajo dominio español fue cubierto en parte, alcanzada ya la independencia, por otro joven científico que realizó sus primeros estudios en el mismo Seminario de San Jerónimo de Arequipa donde se formara Unanue. El paralelismo con él no acaba aquí, pues al igual que Unanue, Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz destacó en varias ramas de la ciencia y fue reconocido en Europa, asumiendo además varios cargos públicos en Colombia y luego en el Perú.

Rivero

En este ensayo se abordan los aspectos más sobresalientes de la trayectoria de Rivero, su paso por el Museo Nacional, la gestación de su obra culmen Antigüedades peruanas, así como algunos aspectos de su personalidad. Un brillante científico y patriota de relevancia, que en el contexto de la celebración del bicentenario de la independencia del Perú merece ser estudiado y revalorado en su justa dimensión. Para muestra, un botón: muchas personas desconocen que cuando Rivero se desempeñó como prefecto del departamento de Junín mandó erigir el que acaso es el primer monumento construido en el Perú de temática independentista. Nos referimos a la pirámide conmemorativa de la batalla de Junín realizada en 1846, cuya placa todavía se conserva al pie del actual monumento que la reemplazó en 1924. A continuación algunas imágenes del monumento original.

Diseño de la pirámide conmemorativa de la batalla de Junín y representación de su emplazamiento, tal como figuran en el Mapa geographico del departamento de Junín, formado en 1847 por su Prefecto D. Mariano E. de Rivero. 1855. Establecimiento geográfico de Bruselas fundado por Philippe Vandermaelen. En: Rivero, Mariano Eduardo de. Colección de memorias científicas, agrícolas é industriales, publicadas en distintas épocas. Bruselas, Imp. de H. Goemaere, 1857. Tomo 2.

Piramide conmemorativa de la batalla de Junín. Ilustración por Nicanor Vázquez Ubach en El clarín de Canterac. En: Palma, Ricardo. Tradiciones peruanas. Barcelona Montaner y Simón, 1896. Tomo IV, p. [151]

Foto postal sin fecha por Eduardo Polack, que muestra el monumento a la batalla de Junín erigida por Mariano Eduardo de Rivero, conocido por entonces como la Pirámide de Junín. Fecha desconocida.
 

La investigación para el ensayo en cuestión se inició el 29 de noviembre de 2017 y la versión final estuvo lista para el 22 de febrero de 2018. En 2019 la Biblioteca Nacional retoma el proyecto de publicación de la revista, siendo entonces el 27 de diciembre de dicho año cuando a instancias del área de Ediciones nuevamente se remite el ensayo con correcciones mínimas. Casi un año después, en noviembre de 2020, me fue solicitada una fotografía para la galería de autores. En diciembre de 2020 la revista Libros y Ciencias vio por fin la luz.

Valga esta nota para agradecer a todos quienes hicieron posible la publicación de dicho ensayo. En especial, a Roberto Arroyo Pacheco, quien tuvo la gentileza de invitarme a participar en el proyecto de la revista Libros y Ciencias; a Ana María Maldonado Castillo, entonces directora de la Dirección del Acceso y Promoción de la Información; a Gracia Angulo Flores y a Benjamín Blass Rivarola del Equipo de Gestión Cultural, Investigaciones y Ediciones de la Biblioteca Nacional, y al eminente investigador Miguel Rosas Buendia, Ph.D. en Estudios Hispánicos por la Brown University, con quien tuve la suerte de coincidir en la Sala de Fondo Antiguo de la Biblioteca Nacional del Perú, el cual tuvo la amabilidad de revisar el manuscrito final del presente trabajo, y a la vez, me brindó valiosos consejos para la consecución del mismo de forma totalmente desinteresada.  

La biblioteca de Bertrand des Amis en Scaramouche

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Eran los primeros días de marzo de 2020. A unas cuadras del local de la Biblioteca Nacional se celebraba todavía la IV Feria del Libro de San Borja, por lo que terminando el trabajo decidí hacerle una visita. En un stand había una ruma de libros de remate, donde encontré dos títulos que despertaron mi interés: El maravilloso mago de Oz de Frank Baum, en edición completa por la Editorial Everest que reproducía las célebres ilustraciones de la edición primigenia de 1900 por W. W. Denslow (que algunos meses después tuve el gusto de leer a mis hijas antes de dormir durante varias noches). El otro, un libro cuya valía reconocí de inmediato por su mención en El Club Dumas de Arturo Pérez-Reverte: Scaramouche, de Rafael Sabatini.

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Estas fueron prácticamente las dos últimas compras significativas de libros que he hecho desde aquella vez hasta hoy, pues solo unos cuantos días después (el 16 de marzo de 2020) el gobierno peruano dio inicio a la cuarentena por la expansión de la pandemia del COVID-19 provocando el confinamiento y la inamovilidad de casi toda la población a nivel nacional por varios meses. A la fecha, a pesar de que las restricciones a la circulación de personas y atención de establecimientos se han flexibilizado he optado por no volver a pisar una librería, siendo la única excepción la compra reciente de un libro de fórmulas matemáticas para mi hijo que se encuentra preparándose para la universidad y que ubiqué en la primera librería del jirón Camaná cercano a la plaza Francia. No está demás decir que en esta última ocasión mi permanencia en ese establecimiento duró solo unos breves minutos y que, contrario a mi costumbre, me abstuve de visitar otras librerías del entorno.

Volvamos a Scaramouche. Pérez-Reverte hace eco de su admiración por Sabatini en varias de sus obras, especialmente en el siguiente fragmento de El Club Dumas que vino a mi mente en la ocasión mencionada:

[Lucas Corso] se descolgó del hombro una bolsa de lona y la puso en el suelo, junto a sus zapatos Oxford sin lustrar, antes de quedarse mirando el retrato enmarcado de Rafael Sabatini que tengo sobre la mesa de despacho (…). Eso me gustó, pues las visitas suelen dedicarle poca atención; lo toman por un viejo pariente. Yo acechaba su reacción y observé que sonreía a medias al sentarse (…). En aquel momento resultaba convincente, así que resolví arriesgar un santo y seña:

Nació con el don de la risa -cité, señalando el retrato- … y con la sensación de que el mundo estaba loco

Lo vi mover despacio la cabeza, con gesto lento y afirmativo (…).

-… Y ese fue todo su patrimonio -completó sin dificultad la cita, antes de arrellanarse en la butaca y sonreír de nuevo-. Aunque, si he de serle sincero, me gusta más El capitán Blood.

Levanté la estilográfica en el aire para amonestarlo, severo.

-Hace mal. Scaramouche es a Sabatini lo que Los tres mosqueteros a Dumas -hice un breve gesto de homenaje en dirección al retrato-. Nació con el don de la risa… No hay en la historia del folletín de aventuras dos primeras líneas comparables a esas[1].

No discutiré los méritos literarios de Scaramouche que a mi juicio los tiene de sobra. En atención al propósito de este blog, solo haré mención de un pasaje referente a la pequeña biblioteca particular de Bertrand de Amis, maestro y propietario de una academia de esgrima, personaje cuya aparición en la historia es decisiva para que el protagonista André-Louis Moreau, alias Scaramouche, se decantara por convertirse en un consumado espadachín:

A partir de ese momento, cada mañana, antes de abrir la academia, el maestro le dedicaba media hora a su nuevo ayudante. Gracias a aquel magisterio, André-Louis avanzaba a pasos agigantados, lo cual halagaba mucho al señor Bertrand. El maestro se hubiera mostrado menos orgulloso y más asombrado si supiera que la mitad del secreto de los sorprendentes progresos de André-Louis se debía a que estaba devorando la biblioteca de su amo, donde había una docena de tratados de esgrima firmados por maestros tan grandes como La Boëssière, Danet, y el síndico de la Academia del Rey, Augustin Rousseau. Para el señor Bertrand, cuya destreza con la espada se basaba únicamente en la práctica y no en la teoría, y que por lo tanto no era teórico ni estudioso en ningún sentido, aquella pequeña biblioteca no era más que parte del tradicional decorado de una academia de esgrima, poco menos que un detalle ornamental. Los libros en sí no tenían para él ningún valor. No había sacado ningún provecho de su lectura, ni siquiera lo había intentado en serio. Por el contrario, André-Louis estaba acostumbrado al estudio. Y su facultad de aprender todo en los libros hizo que aquellas obras fueran de gran provecho, pues memorizaba sus preceptos, comparaba las reglas de un maestro con las de otro, y luego sacaba sus propias conclusiones cuando las ponía en práctica.

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Al cabo de un mes el señor Bertrand des Amis tuvo la súbita revelación de que su ayudante se había convertido en un espadachín considerablemente diestro, tanto que él mismo tenía que andarse con cuidado para que no lo derrotara[2].

Cabe señalar que de los tres autores citados por Sabatini como parte de esta biblioteca imaginaria hemos encontrado algunos datos interesantes. Guillaume Danet escribió L’Art des armes, ou la manière la plus certaine de se servir utilement de l’Epée, soit pour attaquer, soit pour se défendre, simplifiée & démontrée dans toute son étendue & sa perfection, suivant les meilleurs principes de théorie & de pratique adoptés actuellement en France (París, Herissant fils, librairie, 1766). La portada se muestra a continuación:

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Nicolas Texier de La Boëssière, conocido por ser el inventor del casco de esgrima alrededor del año 1750[3], escribió en forma anónima una crítica a la obra de Danet, titulada Observations sur le Traité de l ‘art des armes. Pour servir de défense à la vérité des principes enseignés par les maîtres d’ armes de Paris. Par M *** maître d’armes des académies du Roi, au nom de sa compagnie (París, 1766). Su hijo y alumno, Antoine Texier La Boëssière, escribió a su vez un Traité de l ‘art des armes à l’usage des professeurs et des amateurs (Paris, Imprimerie de Didot, 1818).

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Danet se vio en la obligación de contestar a La Boëssière mediante su Réfutation des observations critiques de M*** maître d’armes, au nom de sa compagnie, contre le Traité de l’art des armes, la cual incluyó en el tomo segundo de su tratado publicado en París en 1767.

Refutation

En cuanto a Augustin Louis Bernard Joseph Rousseau, la afirmación de la existencia de algún tratado a su nombre debe pertenecer al ámbito de la ficción literaria, dado que de haber existido debería constar su mención en La bibliographie de l’escrime ancienne et moderne de Arsène Vigeant. Se sabe en cambio que Augustin Rousseau fue el último representante de una antigua estirpe de maestros del arte que tuvieron como alumnos a varios reyes de Francia y a otros miembros de la nobleza[4]. Desafortunadamente Rousseau fue una de las víctimas del Terror, siendo ejecutado en julio de 1794.

Notas:

[1] Pérez-Reverte, Arturo. El Club Dumas. Madrid, Alfaguara, 1995, pp. 16-17.

[2] Sabatini, Rafael. Scaramouche. Madrid, El País, 2004, pp. 232-233.

[3] Vigeant, Arsène. La bibliographie de l’escrime ancienne et moderne. París, Imprimé par Motteroz, 1882, p. 171.

[4] Para el que desee averiguar más sobre los Rousseau le recomiendo revisar la siguiente página: http://mesnil.saint.denis.free.fr/Rousseau.htm

 

On the Beach de Nevil Shute

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En estos días de inevitable cuarentena he podido obtener (¡por fin!) la versión digital de la obra On the Beach (traducido en español como La Hora Final) del escritor británico Nevil Shute, que versa sobre el fin de la humanidad debido a la guerra nuclear. A esta feliz adquisición le siguió el visionado de la película de Stanley Kramer de 1959 basada en este célebre libro, que contó con la actuación de un reparto verdaderamente estelar para la época: Gregory Peck, Ava Gardner, Anthony Perkins (el inolvidable Norman Bates de Psicosis) y Fred Astaire (el célebre bailarín de la época dorada de Hollywood en un papel insospechado).

Que On the Beach mantiene su vigencia al presente a pesar de algunas inexactitudes u omisiones relativas a los efectos reales de una guerra nuclear a la luz de las investigaciones desarrolladas desde su publicación lo demuestran las múltiples ediciones que se han hecho desde 1957 al presente en varios idiomas y el remake de 2000, esta vez como miniserie para la televisión protagonizada por Armand Assante.  

Una nota publicada en 2015 sobre la “devolución” de un ejemplar de On the Beach a la Biblioteca de Hornsby en Australia después de 40 años de haber sido solicitado en préstamo[1], y algunos comentarios en el Internet sobre las tomas de la película de Kramer que muestran las calles desoladas de las ciudades cuyos habitantes murieron a consecuencia de la radiación por la guerra nuclear, que inquietantemente son muy similares a las que vivimos actualmente en nuestras ciudades por el confinamiento debido a la pandemia del COVID, me motivaron a traducir y compartir el enjundioso ensayo de Gideon Haigh publicado en The Monthly, esperando que su lectura motive a conocer un poco más la trayectoria y obra de Nevil Shute, no muy conocida por estas latitudes. Cualquier observación a esta traducción es bienvenida.

Silenciar al mensajero[2]

Cómo llegó el fin del mundo a Melbourne

Por GIDEON HAIGH[3]

Traducción libre de A. Martín López Saldaña

Nevil Shute Norway era ingeniero. Su negocio eran los aviones. ¿Escritura? Una «ocupación de los pensamientos». Su hermano Fred: ahora había un escritor. Luego Fred fue asesinado en Francia, a los 19 años. «Si Fred hubiera vivido, podríamos haber tenido algunos libros reales algún día, no el tipo de cosas que yo hago», dijo Nevil. «Porque él tenía más literatura en su dedo meñique que yo en todo mi cuerpo». Nevil Shute Norway prescindió de su apellido para escribir, temeroso de que «los ingenieros profesionales empedernidos pudieran considerar a un hombre así como una persona poco seria».

Sin embargo, hace 50 años este mes, Shute publicó posiblemente la novela más importante de Australia, importante en el sentido de confrontar a una audiencia internacional masiva con el tema definitorio de la época. On the Beach, la historia de la extinción termonuclear de la humanidad, vendió más de 4 millones de copias. Shute fue el primer novelista convencional genuinamente popular que imaginó el apocalipsis, y uno de los pocos que logró llevar a cabo la horrible misión sin dejar sobrevivientes, solo un planeta silencioso e irradiado, a la deriva en el espacio.

Shute era británico. Pero ninguna novela podría ser más explícitamente australiana que On the Beach, ambientada en su nueva ciudad natal de Melbourne. Tampoco ninguna novela podría hacer un uso creativo tan provocativo de nuestra distancia del resto del mundo: como último continente habitable, Australia se convierte de repente en el lugar más importante de la Tierra, en el mismo momento de su mayor impotencia e ignorancia, a la espera de vientos condenatorios de una guerra incomprensible en el hemisferio norte.

Los australianos se sorprendieron al verse ellos mismos. Helen Caldicott, entonces una estudiante de medicina de 19 años, se radicalizó en una vida de activismo antinuclear: «La historia de Shute me perseguía … Ningún lugar era seguro. Me sentía tan sola, tan desprotegida por los adultos, que parecían desconocer el peligro». Pero fue en Estados Unidos donde el libro tuvo su mayor impacto, sacando a los lectores de un estupor incómodo y convirtiéndose en uno de los artefactos culturales más poderosos de la Guerra Fría.

Temprano el 22 de julio de 1957, sonó una falsa alarma de ataque nuclear en Schenectady, Nueva York. Solo un hombre, informó Harper’s, despertó y evacuó a su familia. Todos los demás, incluidos los funcionarios de defensa civil, emularon al alcalde, que «se dio la vuelta y se volvió a dormir».

En este mundo inquietantemente somnoliento fue lanzado On the Beach. Se estaba debatiendo en los Estados Unidos sobre las consecuencias de las pruebas nucleares en Nevada, y los editores de Shute habían adelantado el lanzamiento del libro, sintiendo su actualidad. Shute era pesimista. Había pasado una década desde que el Bulletin of Atomic Scientists puso en marcha su famoso Reloj del Juicio Final, y el incidente de Schenectady personificó la apatía y la complacencia de la época: de ahí la observación de Einstein de que las armas nucleares habían cambiado «todo excepto la naturaleza del hombre». La bomba atómica todavía se identificaba con la resolución de la Segunda Guerra Mundial; la bomba de hidrógeno de cinco años fue vista como un flagelo menor que el comunismo. El público parecía impasible.

Se habían enviado copias anticipadas de On the Beach a una gran cantidad de políticos, incluido el próximo presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, y a altos funcionarios militares. Algunos habían ofrecido respaldos sorprendentemente sinceros, incluidos los secretarios consecutivos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Stuart Symington y Thomas Finletter. «Todo estadounidense debería leer On the Beach«, afirmó Symington, en ese momento némesis del Senado de Joseph McCarthy. «Espero que sea ficción», respondió Finletter, luego embajador de Kennedy en la OTAN. «¿Estás seguro de que lo es?» Los lectores querían averiguarlo. Vendiendo 100.000 copias en sus primeras seis semanas, On the Beach incluso desplazó a Peyton Place de la cima de las listas de bestsellers.

Algunos críticos se quejaron de que la descripción decididamente discreta del libro de la extinción humana no era convincente: la gente simplemente no moriría de esa manera. Sin embargo, los lectores se identificaron fácilmente con la tranquila dignidad de los personajes. Esta novela convencional sobre armas no convencionales se convirtió en «la obra más influyente de su tipo durante el próximo cuarto de siglo y la única que la mayoría de la gente haya leído», como dice el crítico Paul Brians, precisamente por ser simple:

Shute aborda directamente los miedos más primarios de la raza humana que ha pasado la mayor parte de su historia negando o compensando el hecho de la muerte personal, y lo hace con una implacabilidad que la compleja técnica de un escritor más sofisticado podría haber silenciado. Por una vez, no hay distracciones: no hay invasores alienígenas, no hay súper refugios para proteger a los protagonistas, no hay lucha contra la terrible pero emocionante barbarie de la posguerra. Simplemente hay un hombre y una mujer que toman la angustiosa decisión de matar a su único hijo en su cuna mientras el resto de la raza humana muere a su alrededor.

Los pasajes que describe Brians, donde el oficial naval australiano Peter Holmes busca persuadir a su esposa de que este acto puede ser necesario, son los más angustiosos por la constancia y devoción que la pareja exhibe en otros lugares.

«Déjame aclarar esto», dijo, y ahora había un tono en su voz. «¿Estás tratando de decirme qué tengo que hacer para matar a Jennifer?»

Sabía que se avecinaban problemas, pero tenía que afrontarlos. «Eso es correcto», dijo. «Si es necesario, tendrás que hacerlo».

Ella estalló de repente en ira. «Creo que estás loco», exclamó. «Nunca haría algo así, por muy enferma que estuviera. La cuidaría hasta el final. Debes estar absolutamente loco. El problema es que no la amas. Nunca la has amado. Ella siempre ha sido una molestia para tí. Bueno, ella no es una molestia para mí. Tú eres la molestia. Y ahora has llegado al punto en que estás tratando de decirme cómo asesinarla». Se puso de pie, pálida de rabia. «¡Si dices una palabra más, te mataré!»

En septiembre de 1957, On the Beach había sido serializado por no menos de 40 periódicos estadounidenses y adquirido para su adaptación cinematográfica por el director del momento, Stanley Kramer. Rodada en Melbourne, protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner, se convertiría en la primera película estadounidense proyectada en la URSS.

Shute detestaba la película. No obstante, el 12 de enero de 1960, pocas semanas después de su publicación, escribió a un admirador: «Un novelista popular puede a menudo desempeñar el papel de enfant terrible al plantear por primera vez temas que deberían ser discutidos en público y a los que ningún estadista se preocupa por acercarse. De esta manera, un artista puede tener un propósito útil «. Al día siguiente, sentado detrás de su viejo escritorio con tapa enrollable favorito, terminó una frase de su siguiente novela, Incident at Eucla, contempló el imponente ciprés que dominaba su inmaculado jardín de estilo inglés y sufrió un ataque letal.

Los devotos de Nevil Shute se llaman a sí mismos ‘Shutistas’. Su conferencia mundial más reciente se llevó a cabo en Alice Springs en abril, organizada por un guardabosques retirado del ejército estadounidense de Nuevo México y un maestro de Nueva Jersey. Su red es satisfactoriamente fanática e impresionantemente dispersa. No obstante, Shute languidece en algo muy parecido a la oscuridad, por razones que no hay que buscar muy lejos. Sus 23 novelas son sencillas, serias, incluso castas: avanzan tranquilamente hacia conclusiones ampliamente positivas; no contienen malas palabras, villanos notables y casi nada de sexo. Sus personajes suelen ser personas ordinarias de clase media que se enfrentan a situaciones extraordinarias; sus costumbres y convenciones se evocan con una mirada clara pero amable. ¿Quién puede olvidar el telegrama en A Town Like Alice? (1950) que la heroína envía al héroe, a quien temía muerto a manos de sus captores japoneses en Malaya?

ESCUCHÉ DE TU RECUPERACIÓN DE LA ATROCIDAD DE KUANTAN HACE POCO

ESTOY PERFECTAMENTE ENCANTADA

El declive de la reputación de Shute no tiene nada de especial: simplemente atestigua la perecibilidad del arte popular. Shute vendió 15 millones de libros en su vida, pero no aspiraba a la inmortalidad literaria ni a la aprobación crítica: «El libro que emociona al crítico con su perfección artística probablemente no será aceptado por el público, mientras que un libro que el público valora por su contenido probablemente parecerá trivial y sin valor artístico para el crítico”. Su oscuridad también refleja los contornos del mercado del libro: la clase media y el novelista de ideas de clase media es una línea discontínua.

Además, las opiniones de Shute lo excluirían hoy de cualquier intelectualidad liberal que se precie. Era un conservador con nervios de piedra, un monárquico, un meritócrata, un ex militar, un millonario hecho a sí mismo. Era indulgente con el colonialismo, desaprobaba la democracia, detestaba el estado de bienestar y se oponía vehementemente al apoyo estatal a los escritores creativos, informando a Sir Robert Menzies de que los convertía en presuntuosos snobs: «Le anima a tener una visión exagerada de su propio genio, una actitud que lo coloca sin simpatizar con sus lectores potenciales … No veo ningún sentido en subsidiar a los escritores jóvenes para que produzcan lo que el público no quiere leer». Odiaba el «arte moderno» y leía poca ficción, comenzando con Voss (1957) pero perdiendo interés; prefería con mucho la historia minera de Tasmania del joven Geoffrey Blainey, The Peaks of Lyell (1954).

No es que Shute fuera un controversialista; sufría de un tartamudeo, era un orador público tímido y un entrevistado reacio. Pero era más tímido que asustadizo. Viajaba constantemente, y a algunos de los lugares más remotos de Australia; sus diarios y cuadernos están llenos de detalles fácticos y observaciones antropológicas. Volaba aviones, navegaba en botes, corría con autos y se regocijaba con máquinas de todo tipo, incluso siendo dueño del primer lavavajillas de Australia. Los valores que tenía, en su opinión, eran simplemente el fruto de la experiencia, y eran los valores que lo llevaron a On the Beach.

Nevil Shute Norway nació en West Ealing el 17 de enero de 1899. Su fascinación por los aviones se vio fomentada por vivir entre dos aeródromos; su amor por la maquinaria se originó en una visita, como un escolar ausente, al Museo de Ciencias de Londres. Por lo demás, su vida no fue excepcional hasta que se matriculó en la famosa escuela pública de Shropshire, Shrewsbury, entonces dirigida por el carismático joven Cyril Argentine Alington. Como muchas escuelas públicas durante la Primera Guerra Mundial, Shrewsbury fomentó un culto patriótico a la muerte. El hermano mayor de Shute, Fred, un brillante clasicista, fue uno de los primeros discípulos: fue comisionado como teniente en el Regimiento del Duque de Cornualles y murió en el Frente Occidental en pocas semanas. El efecto en Nevil, que luego describió sin rencor ni autocompasión, fue profundo:

Durante el resto de mi tiempo en Shrewsbury, no creo que tuviera el menor interés en una carrera o en la vida adulta; nací con un fin, que era ir al ejército y hacer lo mejor que pudiera antes de que me mataran. El tiempo en la escuela fue un tiempo para la contemplación de las realidades que se avecinaban y para la preparación espiritual para la muerte, y en esta atmósfera los servicios masculinos y comedidos en la capilla de la escuela a cargo de Alington jugaron un papel enorme.

Que Shute debería haber sentido un parentesco con personajes que enfrentan la muerte, entonces, no debería sorprender. El epígrafe original de On the Beach era de uno de los famosos discursos del servicio vespertino de Alington, publicado como una historia en Shrewsbury Fables (1917): «Privaré a los hombres del conocimiento previo de la muerte que poseen en la actualidad. Prometeo ha recibido mi orden de quitarles este poder». En la historia, ‘A Dream’, el hablante es un extraño con una máquina capaz de recrear el pasado o predecir el futuro. Alington dice que le gustaría ver cómo resultan sus muchachos, hasta que el extraño explica que algunos estarán «ausentes»: muertos. «Tal vez sea más seguro quedarse en el pasado después de todo», decide Alington. El extraño asiente: «Sí, todos ustedes son así cuando se llega a este punto”.

Que Shute no se uniera a los ausentes se debió a su tartamudeo, que frustró su búsqueda de una comisión; en el momento en que se alistó como soldado de infantería, la guerra solo tenía pocos meses de iniciada. Esta prolongación arbitraria de su vida se convirtió casi en una fuente de perplejidad:

Durante cuatro años de mi adolescencia había vivido en un mundo que se estaba volviendo cada vez más y más sombrío, y en esos cuatro años había llegado a aceptar el hecho de que en muy poco tiempo probablemente estaría muerto. No recuerdo ningún resentimiento particular ante esta perspectiva; de hecho, de alguna manera fue incluso estimulante. Ha desconcertado a mucha gente imaginar cómo los japoneses produjeron sus kamikazes o pilotos suicidas en la última guerra. Sin embargo, nunca ha sido un gran misterio para mí; en 1918, cualquiera podría haberme convertido en un kamikaze.

Después de obtener un tercero en ingeniería, Shute gravitó hacia la infantería de aviación, a la que se unió como un junior dogsbody[4]. Su mezcla de boffins[5], aventureros, spivs[6] y especuladores proporcionaría un rico acervo de personajes para las novelas de aventuras de Buchanesque por las que originalmente sería conocido. Estos, sin embargo, los consideraba puramente recreativos: «Escribir un libro es un asunto muy fácil para el hombre o la mujer que realmente quiere hacerlo. No es necesario ningún entrenamiento». Fue la aviación la que durante los siguientes 15 años proporcionó a Shute una satisfacción «casi equivalente a una experiencia religiosa». Extendió su imaginación y lo llevó a diseñar el primer avión británico con tren de aterrizaje retráctil; definió su vida personal, presentándole a su esposa en el Yorkshire Airplane Club, que fundó y dirigió; le inculcó su política, en una experiencia formativa de propiedad estatal.

Ansioso por poner su sello en el floreciente mercado de los más ligeros que el aire, el primer gobierno laborista de Gran Bretaña encargó dos diseños de aeronaves: el R100 del sector privado, construido por Vickers Ltd., y el R101, dirigido por el Ministerio del Aire. Como dijo Shute: «Me uní al equipo capitalista». El R100 cruzó el Atlántico en ambos sentidos en un viaje pionero, con Shute entre la tripulación; el R101, pródigo en dinero pero perseguido por una burocracia exorbitantemente incompetente, se estrelló en su viaje inaugural. A partir de entonces, Shute consideró al dirigismo como el peor de los pecados ideológicos, y a los políticos y funcionarios públicos como «tontos arrogantes» a menos que se demostrara lo contrario.

Habiéndose unido a un equipo capitalista, Shute decidió dirigir el suyo. Airspeed Ltd. no era solo la fuente de su riqueza; le hizo creer en su búsqueda. «De principio a fin», señala el académico estadounidense Julian Smith en su monografía Nevil Shute (1976), «Shute y sus personajes nunca fueron tímidos para ganar dinero, porque el dinero es la señal más segura de que un hombre está haciendo lo que el mundo quiere que se haga». En 1938, el propio Shute era lo suficientemente rico como para no trabajar y demasiado joven para jubilarse. ¿Qué hacer? Decidió que su quinto libro debería ser útil: «Nadie puede ver el futuro, pero a menos que alguien adivine de vez en cuando y lo publique para estimular la discusión, me parece que estamos a la deriva en la oscuridad, sin saber adónde queremos ir o cómo llegar». En espíritu e intensidad, What Happened to the Corbett (1938), una visión de una Gran Bretaña devastada por bombardeos estratégicos, anticipa con fuerza On the Beach.

Los Corbett, Peter y Joan y sus tres hijos, son arquetipos de Shute, que intentan hacer el bien frente a un mal atroz. «No somos gente famosa y no hemos hecho mucho», dice Joan. «Nadie sabe nada de nosotros. Pero hemos vivido tranquila y decentemente y hemos hecho nuestro trabajo». No están solos. En esta novela, incluso los moribundos, como la esposa de su vecino constructor Littlejohn, hacen todo lo posible:

La bomba había caído sobre o cerca de su invernadero. Un fragmento volador del vidrio había atravesado toda su ropa y la había herido detrás de la rodilla. Se había desangrado hasta morir, silenciosamente y sin ostentación, como en todo lo que había hecho … En ese momento el constructor la tomó en sus brazos y, tambaleándose un poco, la llevó a la casa y al piso de arriba al dormitorio donde la vela estaba quieta. ardiendo, la acostó en la ornamentada cama de hierro dorado debajo de una imagen de ‘El ciervo en la bahía’ y un texto en un marco de madera Oxford que decía ‘Dios es amor’, y la cubrió con una colcha.

What Happened, como On the Beach, es una novela convencional sobre un tema poco convencional, casi tabú: la experiencia civil de la guerra, con sus juicios de desastre y desplazamiento. Sin embargo, no es una novela antibélica. Escribir contra la guerra cuando su llegada era inevitable le habría parecido a Shute una postura inútil. No estaba abogando por la paz sino por la preparación, para preparar a los británicos «para las cosas terribles que usted, yo y todos los ciudadanos de las ciudades de este país tal vez algún día tengamos que enfrentar juntos». En el lanzamiento de la novela en abril de 1939, se distribuyeron mil copias a los trabajadores de Air Raid Precautions. Era «el animador con un propósito útil».

Cuando las bombas comenzaron a caer sobre Gran Bretaña seis meses después, volvió a ponerse el uniforme en la Reserva de Voluntarios de la Royal Navy. «No tengo ningún respeto por el escritor de ninguna edad o sexo», explicó, «que cree que puede servir mejor a su país en tiempos de guerra si se queda quieto y escribe». De hecho, Shute continuó escribiendo, siendo sus novelas de guerra una de las más exitosas: Pied Piper (1942), una aventura; Landfall (1940) y Pastoral (1944), romances; y Most Secret (1945), un thriller palpablemente propagandístico. Pero se desempeñó principalmente en el Departamento de Desarrollo de Armas Misceláneas, entre los cerebritos del Almirantazgo que desarrollaban armas experimentales, algunas de las cuales funcionaban y otras no.

Shute se asocia principalmente con uno de estos últimos, el Gran Panjandrum: un barril de 4000 libras de alto explosivo que será impulsado por las playas de Francia mediante dos gigantes ruedas Catherine. Su ignominioso fracaso, al dispersar un puente de almirantes enviados para supervisar sus pruebas, se volvió proverbial, e incluso inspiró un episodio de Dad’s Army. Para Shute, sin embargo, las armas eran un asunto serio. En la víspera del Día D, filosofó: «Los ingenieros tienden a permanecer despiertos estos días preguntándonos si en nuestra vejez, si sobrevivimos para verlo, lamentaremos estos años de trabajo con las armas que han hecho posible una aventura desesperada». Y un arma exitosa, descubrió Shute, podría resultar incluso más problemática que una fallida.

Para Shute, una plaga más grave incluso que la guerra visitó Gran Bretaña por la elección de un gobierno laborista en julio de 1945. Contempló el estado del bienestar con creciente horror. No Highway (1948), cuyo tema de seguridad de la aviación mostraba toda la perspicacia técnica de Shute, fue un éxito de ventas desbocado y luego un vehículo estrella improbable para Jimmy Stewart y Marlene Dietrich, pero gran parte de los ingresos fueron absorbidos por los impuestos punitivos del laborismo a los ricos. Sintiéndose cada vez más extraño en su propio país, Shute invitó al novelista James Riddell a unirse a él en un viaje de continente a continente hacia y desde Australia en su monoplano Percival Proctor monomotor.

En esta última floración de la Pax Britannica, la pareja tomó una ruta que ahora parece inimaginable: Líbano, Irak, Kuwait, Pakistán, Birmania. Shute se rejuveneció. En Sumatra, conoció a una alegre mujer holandesa, Geysel Vonck; en Normanton, se encontró con el lacónico Jimmie Edwards. Entrelazaría sus historias de encarcelamiento por parte de los japoneses en A Town Like Alice (1950). En Rangún, visitó a un ex ingeniero real convertido en sacerdote budista: las predicciones de U Prajnananda sobre un profeta venidero inspiraron la novela más satisfactoria intelectualmente de Shute, Round the Bend (1951). Ambos venderían y venderían: las tiradas iniciales de 150.000 se convirtieron en su norma. Sobre todo, Shute quedó cautivado por el esplendor del paisaje australiano y la soleada buena naturaleza de su gente, destacando su desinhibida estima por las cosas británicas.

Este parentesco inmediato se debió probablemente tanto a Shute como a Australia. Riddell detestaba el país a primera vista, pensando que era conformista, casualmente racista, inquietantemente marcial: los salvadores de Bondi que marchaban le recordaban a «las Juventudes Hitlerianas». Pero a Shute le gustó la evidente prosperidad de Melbourne, donde se hospedó en el Melbourne Club. Tomando la elección de Robert Menzies en diciembre de 1949 como presagio de sentido común político, Shute tomó su decisión. La portada del Sydney Morning Herald de 7 de junio 1950 llevaba el siguiente titular: ‘Nevil Shute vive en Australia’. «Gran Bretaña no es un país muy bueno para un hombre exitoso», explicó. «Creo que Australia va a ser la parte más próspera de la Commonwealth».

Shute marcó el paso con dos de sus novelas más ligeras: The Far Country (1952) y In the Wet (1953). Esto último es realmente extraño: una profecía de la Commonwealth en 1984, en la que el declive de Inglaterra ha sido tan abyecto y el surgimiento de Australia tan irresistible, que la Reina decide asentar el trono en Canberra. Argumenta enérgicamente contra las fuerzas igualadoras de la democracia, ya que el ascenso de Australia está vinculado a su adopción del «voto múltiple»: votos adicionales para los ricos y exitosos. Eliminando a los «anarquistas y jefes sindicales», la votación múltiple dejó la política australiana a «hombres de verdad».

No obstante, ambas novelas reflejan el entusiasmo de Shute ante la posibilidad australiana. Y ahora, después de 15 años en ingeniería y 15 no, Shute era probablemente el artista creativo más rico de este país. En su nueva propiedad de 200 acres en Langwarrin, fue novelista antes del almuerzo y luego un granjero. El área estaba entonces tan aislada que su casa necesitaba su propio generador y un tanque elevado para suministrar agua a presión de gravedad. Para un hombre que se deleitaba con lo mecánico, estos eran placeres tanto como necesidades. Y con Alice lista para convertirse en la quinta de sus novelas adaptadas para la pantalla, podía darse el lujo de correr algunos riesgos. Así llegó el fin del mundo a Melbourne.

La primera inspiración de Shute para On the Beach fue un artículo en Time justo antes de Navidad en 1954 que informaba sobre un documento entregado en la Academia de Ciencias de Francia. En ‘Los efectos acumulativos de las explosiones termonucleares en la superficie del globo’, el físico Charles-Noel Martin identificó una serie de formas en las que los neutrones y los desechos atmosféricos de las pruebas de bombas «pueden alterar las condiciones naturales a las que la vida [humana] ha llegado a adaptarse». Time señaló con seriedad: «El físico Martin, que es pro estadounidense, no está haciendo propaganda comunista». Shute, el conservador obedientemente copió esto; Shute, el ingeniero reflexionó sobre la inferencia.

De hecho, estaba a punto de comenzar otra novela, Beyond the Black Stump (1956) -una historia inusualmente ambivalente en la que el romance no se consuma y la promesa de riqueza sigue sin cumplirse- y bien podría haberse distraído: su gusto por la profecía había sido aguijoneado. Las notas de lo que entonces se llamaba ‘The Last Day’ sugieren que continuó investigando durante este período. Incluyen el texto de un discurso pronunciado ante la Asociación Médica Británica por su amigo, el mayor general Kingsley Norris, médico militar superior de Australia. ‘Podría sucedernos a nosotros’ discutió con franqueza de las víctimas de una guerra nuclear y la casi imposibilidad de su tratamiento. Norris, otro miembro del Melbourne Club, actuaría como asesor de Shute sobre enfermedades relacionadas con la radiación.

Shute pudo haber sentido una urgencia particular por ‘El último día’. En Londres, en noviembre de 1955, sufrió un infarto. No fue el primero, pero éste se sintió diferente: un memento mori personal para el hombre que compone uno global. Poco después, «de repente se volvió loco» y realizó un pedido de un Jaguar XK140, una marca clásica de la que solo se fabricaban una docena cada año. Haría que su científico Osborne respondiera de la misma manera a la inminente mortalidad en On the Beach, comprando un Ferrari rojo «venenosamente rápido».

On the Beach obtuvo una dimensión personal adicional al ser la única novela de Shute ambientada principalmente en el lugar donde vivía. El terreno es su barrio: las playas, las granjas, las estaciones de tren y los pubs de la península de Mornington en Melbourne, la mayoría de ellos identificables. ‘Falmouth’ es la playa de Frankston; las zonas rurales de Berwick y Harkaway aparecen con sus propios nombres; las direcciones a la casa de los Holmes son tan exactas que un visitante puede estudiar la bahía desde lo que habría sido su vista. Entre los manuscritos de Shute en la Biblioteca Nacional, anotados a lápiz en un sobre, están sus observaciones de la ruta a Barwon Heads: el vuelo precipitado de Moira Davidson que concluye On the Beach. Es como si el tema del libro fuera tan urgente que consumiera toda la imaginación de Shute.

El epígrafe se seleccionó de una página de posibilidades, y Alington finalmente cedió el paso a las líneas de ‘The Hollow Men’ de Eliot[7] -que también ofrecía un título, haciendo un guiño a la expresión naval en espera de reasignación:

En este último de los lugares de encuentro

¿Buscamos a tientas juntos?

Y evita hablar

Reunidos en esta playa del río tumultuoso …

Esta es la manera que el mundo termina

No con una explosión sino con un gemido.

La principal de las fuentes técnicas de Shute fue Facing the Atomic Future (1956), de Sir Ernest Titterton, el gurú británico de la física nuclear de la ANU, una ironía, ya que Titterton era un abierto apologista de las pruebas de armas en Australia. Shute destacó especialmente el capítulo de Titterton sobre «guerra radiológica», específicamente la llamada bomba de cobalto: un dispositivo termonuclear cuya capacidad destructiva se basa principalmente en la radiactividad en lugar de la fuerza explosiva.

La bomba de cobalto había sido propuesta por el desilusionado Leo Szilard del Proyecto Manhattan en febrero de 1950 para evocar las alarmantes potencialidades de la guerra nuclear; sería defendida por su halcón contemporáneo Edward Teller, perversamente, como un medio para asustar a la humanidad: «La bomba de cobalto es … el producto de la imaginación de gente noble que quiere usar este espectro para asustarnos y convertirnos en un cielo de paz». Incluso Titterton pudo ver que el «cielo» prometido por la guerra radiológica no estaba en la tierra:

Si algún loco decidiera que desea envenenar a toda la raza humana con radiactividad… sería posible disponer una capa de cobalto alrededor de una bomba de fisión o fusión para absorber el exceso de neutrones y producir radiocobalto… la desintegración del radiocobalto (vida media de 5,3 años) haría que esta contaminación fuera mucho más grave que en el caso del producto de fisión.

Por diversas razones técnicas, la bomba de cobalto floreció solo en la ficción, y se desató en los años 60 en Dr Strangelove y Planet of the Apes. Y, a decir verdad, la ciencia de On the Beach es defectuosa en el mejor de los casos: la lluvia radiactiva termonuclear no se distribuiría uniformemente en todo el mundo; el refugio sería posible. Pero Shute había elegido sabiamente su arma.

La física y la ficción de Armageddon tienen una relación de larga data: Szilard se inspiró en HG Wells, quien acuñó la frase «bombas atómicas» en The World Set Free (1913). Pero la moderada reacción del público a Hiroshima se había visto reflejada en una especie de moratoria creativa, en la que las armas nucleares volvían a la ciencia ficción, donde la mayoría de los cuentos eran frívolos u optimistas. En este entorno, florecieron las especulaciones estratégicas. La doctrina de Eisenhower de represalias masivas comprometió a Estados Unidos a vengar cualquier ataque nuclear con una fuerza desproporcionada. Sin embargo, los halcones argumentaron que la única forma de no perder un intercambio nuclear era ganarlo, librando una guerra preventiva con armamento superior. Mientras Shute estaba escribiendo su manuscrito, entre el «13.3.56 y el 23.9.56», el gobierno de Australia fue cómplice de los esfuerzos británicos para refinar ese armamento al albergar pruebas nucleares en las islas Monte Bello y en Maralinga.

Con la bomba de cobalto, Shute recordó a los lectores las capacidades destructivas de las armas cuyo uso estaba en peligro de normalizarse, maximizando el desamparo de las víctimas, minimizando la duda de que la guerra futura implicaría un cálculo de muerte sin precedentes. Como ha argumentado el más erudito de los físicos Freeman Dyson:

On the Beach… es técnicamente defectuoso en muchos sentidos. Casi todos los detalles son incorrectos… Sin embargo, el mito hizo lo que Shute pretendía que hiciera. En el nivel humano fundamental, a pesar de las inexactitudes técnicas, decía la verdad. Le dijo al mundo, en un lenguaje que todos pudieran entender, que la guerra nuclear significa muerte. Y el mundo escuchó”.

On the Beach no es ni estilísticamente ambicioso ni filosóficamente sofisticado. El diálogo casi parece estar ahí para matar el tiempo, como, de hecho, lo es. El golpe de Shute es comenzar la novela cuando ya es demasiado tarde: los sucesos de On the Beach abarcan el período desde la Navidad de 1962, 14 meses después de la «breve y desconcertante guerra» de 37 días, hasta fines de agosto de 1963. Por cierto que esa guerra se había introducido tanto que se convirtió en el hecho definitorio de la vida. El conocimiento australiano del mismo es fragmentario, ya sea anecdótico o sismográfico. Todo lo que está claro es que una escaramuza regional de ojo por ojo se extendió desde el Medio Oriente. Los líderes políticos estuvieron entre las primeras víctimas: la mayoría de las órdenes fueron dadas por subordinados sin superiores que las derogaran. Australia, nos enteramos, experimentó pánicos después de la guerra; quedan incidentes desenfrenados. Pero los caracteres de On the Beach han alcanzado diferentes grados de aceptación de su destino común; la conmoción de la novela surge de la ternura con la cual ellos se hacen cómplices de cada uno de los otros en la manera de arreglárselas.

Quizás porque Shute lo escribió aproximadamente en la misma cantidad de tiempo que cubre, sin flashbacks ni digresiones y en capítulos continuos de igual extensión, On the Beach obliga al lector a vivir el instante con los personajes. Estos personajes, además, tienen una cualidad familiar. El teniente comandante Peter Holmes, de la Royal Australian Navy, y su esposa, Mary, son los Corbetts redux: buena gente en tiempos oscuros. Pero donde la guerra desarraigó a los Corbett, la guerra confina a los Holmes a un mundo cada vez más pequeño, en el que se consuelan con rituales como planificar su jardín para el año siguiente. Y donde la guerra convencional desdibujó la línea entre combatientes y no combatientes, la guerra no convencional la disolvió por completo: Holmes y su homólogo estadounidense, el comandante Dwight Towers, son soldados que regresaron de una guerra que nunca vieron, que se distinguen sólo por sus uniformes de los millones de espectadores no comprendidos. Dada su difícil situación, es como si los personajes estuvieran en la novela equivocada; eso es, por supuesto, lo que los hace tan correctos.

Lo que los personajes temen casi tanto como la muerte son las «escenas» que perturban sus ilusiones construidas con diligencia; haciéndose eco de ‘ The Hollow Men’, «andan a tientas / Y evitan hablar». Cuando Holmes invita a Towers a su casa, tiene dudas: «La gente del hemisferio norte rara vez se mezcla bien, ahora, con la gente del hemisferio sur. Demasiadas cosas entre ellos, una diferencia de experiencia demasiado grande. La intolerable simpatía creó una barrera». Sus garantías de que Towers estará «bien» no impresionan a Mary: «Eso es lo que pensabas del líder de escuadrón de la RAF. Ya sabes, olvido su nombre. El que lloró».

De hecho, florece una relación entre Towers y la amiga de Mary, la bebedora y franca, Moira Davidson. Pero sigue sin consumarse: Towers todavía siente el tirón de la familia que dejó en Connecticut. «Supongo que piensas que estoy loco», explica. «Pero así es como yo lo veo». Moira se une a la farsa: espera conocer a su esposa muerta, ofrece regalos para sus hijos muertos y luego lo despide para hundir su submarino para que no pueda ser capturado por un enemigo muerto.

El científico Osborne es quizás el personaje más intrigante, siendo la caracterización que Shute hace de sí mismo. Proporciona las opiniones más racionales – «Siempre supiste que ibas a morir en algún momento. Bueno, ahora sabes cuándo» – y la reacción menos racional. Shute compitió con su Jaguar en el circuito de gran premio de Phillip Island recién construido para investigar las escenas en las que Osborne ingresa a su Ferrari en una carrera salvaje de 300 autos. Esta persecución sin ley e imprudente de ningún premio que valga la pena, en la que la muerte tiene un encanto espeluznante, es la alegoría más sofisticada y extendida de Shute: la humanidad, enjaulada por poderosas máquinas que también son instrumentos de muerte, dando vueltas en una futilidad loca.

«Nevil Shute acaba con la raza humana en una novela notable». Con titulares como este en el Chicago Tribune, On the Beach fue recibido, diseccionado y disputado. De ninguna manera fue su recepción del todo cordial. Fue criticado por la derecha republicana como sedición comunista: con sus «aburridas descripciones de vasta destrucción atómica», suspiró un crítico en la National Review, el libro estaba claramente «diseñado para destruir lo que quedara de la fe estadounidense en el ejército». También molestó a los conservadores religiosos. «Si alguna vez el Sr. Shute tuvo la intención de mostrar su absoluta pobreza de valores espirituales», escribió Ronald Conway en el Advocate, el periódico católico, «no podría haberlo mostrado mejor que en On the Beach«.

Otros encontraron On the Beach conmovedor. En la New Republic, Robert Estabrook lo describió como un libro «evangélico» en la tradición de La cabaña del tío Tom. Y Shute encontró un admirador improbable en Billy Graham, quien en sus cruzadas comenzó blandiendo una Biblia en una mano y un ejemplar de On the Beach en la otra. «Si un ministro subiera al púlpito y dijera algunas de las cosas del libro, sería considerado un sensacionalista», afirmó. «Lo acusarían de intentar asustar a la gente. Sin embargo, este libro ha sido un éxito y la película será un éxito». On the Beach, en el proselitismo de Graham, predijo el destino de la humanidad sin Dios: «la imaginación del Sr. Shute en On the Beach podría convertirse en una realidad en su generación».

Shute mantuvo su propio consejo sobre esto. Aunque uno de los mayores beneficiarios de su testamento fue la Iglesia Anglicana de Santo Tomás en Langwarrin, no era un feligrés habitual y predicar no era su estilo: hace 50 años, la publicación de un libro era una señal para que la gente lo leyera, no para entrevistar al autor. Eso ha dado lugar a opiniones divergentes. El biógrafo de Shute, Julian Smith, consideró On the Beach «una novela sobre el suicidio»: cada personaje elige la muerte autoadministrada sobre el envenenamiento por radiación lenta. Perfilando a Shute en Meanjin, David Martin consideró On the Beach «una novela sobre la inmortalidad»: cada personaje sigue planificando el futuro a pesar de conocer su destino. Helen Caldicott interpretó la novela como sobre ella: «Describe lugares que conocí, devastados por una catástrofe nuclear».

Las cartas sugieren que Shute alimentó dos serias quejas sobre la adaptación cinematográfica de On the Beach. Cuando Stanley Kramer hizo que Dwight y Moira consumaran su relación, creyendo que el público no aceptaría que Gregory Peck y Ava Gardner experimentaran el amor sin sexo, Shute protestó: había hecho a Dwight obediente y a Moira virtuosa, explicó, precisamente porque la guerra nuclear no discriminaría, matando tanto a los mejores como a los peores. También pensó que Kramer había sustituido eficazmente eros por thanatos. Los personajes de la novela se cansan, enferman y mueren. Finalmente, Moira observa el submarino Scorpion desaparecer de la vista: «Luego se puso las tabletas en la boca y se las tragó con un trago de brandy, sentada al volante de su gran automóvil». La película esteriliza el fin del mundo: Moira simplemente ve al Scorpion navegar hacia los Estados Unidos, como una novia de guerra despidiéndose de un marido marinero. Shute, el conservador, estaba más dispuesto a confrontar a su audiencia que Kramer, el destacado activista.

Desde entonces, a veces parece que el mundo se ha puesto patas arriba. Son los conservadores los que rinden culto al altar del progreso, resistentes a cualquier cosa que se interponga en su camino, mientras que los liberales alegremente hacen causa común con las fuerzas de la reacción, económicas, tecnológicas y teocráticas. Tal es el tribalismo de nuestra política que si On the Beach fuera publicado hoy, Shute probablemente sería considerado un apóstata: un conservador y un creyente en la libre empresa que se ocupa de conceptos sobre los que la izquierda ejerce un monopolio. No, eso es lo que quisiera la izquierda. En el Reino Unido, la Campaña por el Desarme Nuclear (CND) ha avanzado mucho más allá de Aldermaston, de lo que avanzó en la famosa Pascua de 1958: ahora está dirigida por un miembro del Partido Comunista que descarta alegremente «las supuestas amenazas» de Corea del Norte y Irán logrando sus ambiciones nucleares.

Sin embargo, no es extraño que On the Beach sea ​​una novela conservadora; ése, por el contrario, es el secreto de su éxito. Donde la literatura, el cine y el teatro modernos que buscan una respuesta política a menudo son estridentes, preparados para los fieles en lugar de para los ambivalentes o no comprometidos, On the Beach trabaja con el grano de las esperanzas y temores de una audiencia masiva. Entierra a la humanidad en un mausoleo de sus locuras y vanidades, pero no es misántropa. Advierte contra la búsqueda descuidada de la tecnología y los placeres materiales, pero no es una jeremiada. Lleva su política a la ligera, libre de antiamericanismo estándar. Y defiende explícitamente la no proliferación en lugar del pacifismo o el desarme. «El problema es que las malditas cosas se pusieron demasiado baratas», explica Osborne. «Cada pequeño país tonto podría tener un arsenal de ellos …» Lo que, resulta, es el dilema nuclear que acecha a nuestra propia época. En su nuevo análisis de los ‘pobres nucleares’, The Atomic Bazaar, William Langewiesche explica:

En pocas palabras, gran parte del mundo está expuesta una vez más al atractivo universal de las bombas atómicas: el asombroso poder destructivo de vía rápida, que iguala a la nación, que no me pisotea, que los arsenales independientes pueden proporcionar. … Hablando en términos prácticos … los pobres, por una serie de razones, tienen más probabilidades de usar sus armas nucleares que las grandes potencias desde el verano de 1945.

On the Beach sigue siendo devastador, y que Shute pudiera escribir un bestseller sobre lo que Paul Brians llama «el tema de importancia general más cuidadosamente evitado en el mundo contemporáneo» es un logro asombroso. En retrospectiva, 1957 fue un punto de inflexión en la Guerra Fría, cuando la resignación pasiva por las armas nucleares comenzó a ceder ante la alarma y el horror. Fue el año en que se fundó la CND en Gran Bretaña y en Estados Unidos se estableció el Comité Nacional para una Política Nuclear Sana; fue el año en que el Consejo Nacional de Iglesias advirtió que la carrera armamentista podría «conducir directamente a una guerra que destruirá la civilización». En 1955, menos de una quinta parte de los estadounidenses sabían lo que eran las consecuencias; en 1958, siete de cada diez decían que favorecerían una organización mundial para prohibir las armas nucleares.

¿Cuántas personas durante esa transición leyeron «Rusia, el átomo y Occidente» de JB Priestley en el New Statesman? ¿O escuchó al químico ganador del Nobel Linus Pauling criticar las armas nucleares? ¿Y cuántos leen On the Beach? La novela de Nevil Shute fue la gran obra popular sobre el asunto más grave que acecha a la civilización. Si no satisface el gusto actual en agitprop[8], o si Shute parece encajar incómodamente en el panteón liberal, entonces quizás los criterios relevantes deban revisarse.

En su autobiografía, No Memory for Pain (1970), el amigo de Shute, Kingsley Norris, recordó una premisa para un libro no escrito que durante muchos años preocupó al novelista:

Una plaga de papel estaba a punto de descender sobre el mundo… todo el papel, todos los libros, todos los registros y archivos se desintegrarían y desaparecerían. Aún quedaba un breve intervalo para decidir qué valía la pena preservar y para idear algún medio para hacerlo. Cada vez que le preguntaba cómo estaba funcionando la idea, Nevil con su leve tartamudeo decía: «Todavía no estoy seguro de cómo lo haría».

Si alguien encuentra la manera, On the Beach debería estar entre los primeros libros australianos conservados.

GIDEON HAIGH

Notas

[1] https://www.kgex.com.au/book-returned-to-library-40-years-late/

[2] En el original Shute the messenger. Juego de palabras en inglés que podría significar tanto Shute el mensajero como Silenciar al mensajero.

[3] Original publicado en The Monthly. Junio 2007. Ensayos.

https://www.themonthly.com.au/issue/2007/june/1268876839/gideon-haigh/shute-messenger#mtr

[4] En las instituciones militares, una forma de nombrar a la persona perteneciente al nivel más bajo, sin privilegios.

[5] En Reino Unido, término del argot para designar a un científico, ingeniero u otra persona involucrada en investigación y desarrollo técnico o científico.

[6] En Reino Unido, persona que ejerce el comercio ilícito de bienes.

[7] Los hombres huecos, poema de T. S. Eliot.

[8] Propaganda comunista en el arte y la literatura.

A la búsqueda de un artículo del bibliógrafo mexicano Nicolás León

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Por A. Martín López Saldaña

En la página 17 de la primera edición de mi libro Incunables peruanos en bibliotecas del país y del extranjero[1] cité la opinión emitida por el célebre bibliógrafo mexicano Nicolás León (recogida por Juan Bautista Iguíniz en su obra Léxico bibliográfico[2]) sobre la conveniencia del uso de la expresión “impresos mexicanos primitivos” frente a la frase “incunables mexicanos”, cuyo empleo calificaba León como “un gran disparate”.

Para el caso, era de mi interés conocer el argumento técnico en el que se basó León para emitir tal comentario. Como Iguíniz no mencionaba la fuente de la cual extractó este dato, consideré que lo más lógico era que procediera de un escrito, aunque no podía descartar la posibilidad que las palabras de León hubieran sido recogidas en el transcurso de una conferencia o charla. Practiqué entonces una búsqueda exhaustiva en las fuentes impresas que obraban en la entonces Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional del Perú tratando de encontrar alguna pista que me revelara la identidad de la obra, así como en el Internet. Revisé varios de los artículos de León sobre impresos antiguos publicados en los Anales del Museo Michoacano. Por intermedio de un investigador mexicano tuve la gran fortuna de obtener copia íntegra del libro Notas de las lecciones orales del profesor Dr. Nicolás León en la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archiveros de 1920, obra calificada como el primer texto de enseñanza de la Bibliotecología en México y en la cual supuse se hallaría alguna información relacionada, bien en su texto como en alguna de las referencias bibliográficas de los numerosos trabajos del propio León contenidas en la Noticia de sus obras originales impresas e inéditas que se incluía al final del volumen. Lamentablemente estas pesquisas no tuvieron resultado y desistí de continuarlas.

Tiempo después fui convocado para realizar una segunda edición de Incunables peruanos en bibliotecas del país y del extranjero[3], por lo que reinicié mis averiguaciones también sin éxito.

Había descartado ya toda posibilidad de tomar conocimiento de la fuente de mi interés cuando en 2017 di por fin con la descripción de un artículo de Nicolás León que por su título era casi seguro que se tratara de la fuente utilizada por Iguíniz. Utilizando Google Books ubiqué un fragmento del libro Ensayo de una bibliografía de bibliografías mexicana de Agustín Millares Carlo y José Ignacio Mantecón Navasal. Procedí a realizar la impresión de una captura de pantalla para poder revisarla más detenidamente y añadí algunas notas (nótese que por entonces Google Books solo mencionaba a Mantecón como autor).

En dicho fragmento se podía visualizar claramente el registro N° 1547 donde se reproducían los siguientes datos:

León, Nicolás.- ¿Cuáles libros deben, propiamente, llamarse incunables?, en folleto conmemorativo de “El Universal”, Diario de México, en la Feria del Libro.- México, 1924, p. 20.

En fragmentos del libro La imprenta en América de Demetrio S. García, ubicados también por Google Books, se reproducía la misma cita.

No obstante, se planteaban algunas dificultades. La referencia no consignaba el mes y día de publicación. En la Hemeroteca Nacional Digital de México no se encuentra digitalizado el año 1924 de El Universal, lo que implicaba tener que gestionar una copia en la Biblioteca Nacional del México en el supuesto que contara con un ejemplar.

En los últimos meses de 2020 ubiqué la Bibliohemerografía cronológica del doctor Nicolás León, importante trabajo publicado por Fernando González Dávila en 2018[4], donde se aclara que León publicó en vida varias veces la bibliografía de sus propias producciones. Una de estas versiones fue la que tuve oportunidad de revisar en las Notas de las lecciones orales del profesor Dr. Nicolás León en la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archiveros. Como ésta solo comprendía hasta 1920, no incluía la referencia del artículo sobre incunables que se imprimió en 1924. Tal como lo advirtió González Dávila, por una extraña circunstancia que sorprende en un bibliógrafo de la talla de León, éste solía omitir en sus fichas o registros varios datos, siendo ésta la explicación del por qué en el registro de nuestro interés no figuraba la data completa.

González Dávila reprodujo la consabida cita con una variante en el título, pues rezaba pueden a diferencia del registro consignado por García y Millares Carlo donde se leía deben, anotándose que esta referencia no pudo ser cotejada con el original impreso.

Finalmente, solo hace unos días y también por Google Books, me topé con otro fragmento de un número de la Revista Iberoamericana que incluía un resumen de contenido del compendio de conferencias IV centenario de la imprenta en México, la primera de América, donde se reproducía el esquivo artículo de León como apéndice a la octava conferencia a cargo de Francisco S. Salazar titulada Impresores de Puebla en la época colonial. Afortunadamente, tanto la Revista Iberoamericana[5] como el libro IV centenario de la imprenta en México[6] se encuentran disponibles por Internet, por lo que esta vez fue posible acceder al artículo de León, fechado 8 de noviembre de 1924 y publicado el 13 de noviembre del mismo año[7]. En la ponencia de Salazar consta que el mismo Iguíniz le facilitó la copia del artículo de León para su reproducción[8], lo que confirma que se trata de la misma fuente utilizada por Iguíniz en su Léxico bibliográfico.

¿Y en qué argumento se apoyaba León para utilizar la frase “impresos mexicanos primitivos” y afirmar que era “un gran disparate decir incunables mexicanos”? Simplemente en la opinión autorizada de los expertos en la materia respetando el sentido estricto del término incunable como aplicable a los libros impresos en la cuna de la invención de la imprenta en Europa, “es decir, en sus principios, limitado y perfeccionándose”, opinión que comparte Salazar y que refuerza con otras interesantes consideraciones[9].

No obstante, el mismo Nicolás León habría sucumbido al uso del término incunable para los primeros impresos mexicanos según lo afirmó Demetrio S. García en su conferencia La imprenta en América[10], cuando León “preparó el catálogo Núm. 49 de octubre de 1915, de los Sres. Porrúa Hermanos, en cuyas dos portadas pueden verse: ‘La bibliografía. Catálogo de algunas obras importantes y raras, Mexicanas y Filipinas, y descripción de cinco incunables mexicanos desconocidos…’” (el énfasis es de García).

Notas

[1] López Saldaña, A. Martín. Incunables peruanos en bibliotecas del país y del extranjero, y adiciones al catálogo Incunables peruanos en la Biblioteca Nacional del Perú (1584-1619). Lima, Biblioteca Nacional del Perú, Fondo Editorial, 2006.

[2] Iguíniz, Juan B. Léxico bibliográfico, México, UNAM, 1987, p. 160.

[3] López Saldaña, A. Martín. Incunables peruanos en bibliotecas del país y del extranjero, y adiciones al catálogo Incunables peruanos en la Biblioteca Nacional del Perú (1584-1619). Lima, Biblioteca Nacional del Perú, Fondo Editorial, 2008.

[4] Gonzáles Dávila, Fernando. Bibliohemerografía cronológica del doctor Nicolás León. En Saberes. Revista de Historia de Las Ciencias y las Humanidades, 1(3), 2018, pp. 151-246. Disponible en http://www.saberesrevista.org/ojs/index.php/saberes/article/view/85

[5] Revista Iberoamericana. Vol. III, N° 6, mayo 1941. Disponible en https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/issue/view/61/showToc

[6] IV centenario de la imprenta en México, la primera en América. Conferencias sustentadas en su conmemoración. México, Asociación de Libreros de México, 1939. Disponible en http://bibliotecadigital.aecid.es/bibliodig/i18n/consulta/registro.cmd?id=630

[7] IV centenario de la imprenta en México, pp. 405-406.

[8] IV centenario de la imprenta en México, p. 369.

[9] IV centenario de la imprenta en México, pp. 367-370.

[10] IV centenario de la imprenta en México, p. 82.

Objetos encontrados dentro de libros

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“En los libros se suelen encontrar cosas raras, filigranas de papel, oraciones, flores prensadas, tarjetas y cartas”, decía Pío Baroja[1]. En el ejercicio de mi actividad bibliotecólogica y al revisar algunos libros usados que adquirí a través de los años también he tenido la ocasión de encontrarme con diversos objetos dentro de ellos, comúnmente impresos que conservo como curiosidades. Entre los que tengo al presente se encuentran algunos boletos de transporte público, entre ellos un boleto de tranvía que recuerdo ubiqué en un ejemplar de segunda mano de El libro ayer, hoy y mañana de editorial Salvat.

En el grueso volumen de La causa de la emancipación del Perú, encontré una cartulina de publicidad de una tienda de ropa que al reverso servía como horario escolar. En El Club Dumas, la boleta de venta emitida por la librería Época.

Colocar pequeñas hojas de papel y otros objetos planos y menudos entre las páginas de los libros casi siempre responde a la necesidad de contar con sucedáneos de los marcapáginas. Así, en varios libros de la Biblioteca Nacional ha sido común encontrarme con notas manuscritas de anónimos usuarios en pedazos o tiras de papel de varios tipos con el mensaje “por favor no sacar este papelito” y algunas otras variantes. También recuerdo una hoja plegada escrita a máquina de escribir por un lado, y por el otro con notas a lapicero; tanto las notas tipeadas como las manuscritas no guardaban relación alguna con la obra que las contenía y se trataban de apuntes de un curso de lenguaje. Las antiguas papeletas o formatos de pedidos de la biblioteca se encontraban también a menudo a medio llenar o en blanco, incluso recortadas en tiras.

En otros casos el antiguo dueño del libro insertó alguna hoja o fragmento impreso por alguna razón especial, por ejemplo por estar relacionado al libro que lo iba a contener o simplemente por tratarse de una ilustración o lámina que deseaba conservar por algún motivo y que finalmente quedó olvidada entre sus páginas. Este debió ser el caso del recorte de periódico con un retrato del escritor italiano Giovanni Papini que encontré en un libro sobre él, y del recorte con el dibujo de un caballo que debió acompañar la publicidad de una marca de licor en un periódico, que apareció dentro de otro.

La relación entre libro y objeto inserto es evidente en el caso del Manuscrito Voynich, famoso volumen aparentemente escrito en una lengua desconocida (si no falsa) y profusamente adornado con enigmáticas ilustraciones. El penúltimo poseedor de este manuscrito del cual tomó su nombre, el librero lituano Wilfred Michael Voynich, encontró adherida a la cara interna de la tapa una carta de 1666 dirigida por Johannes Marcus Marci (uno de los anteriores dueños del manuscrito) al jesuita Athanasius Kircher pidiéndole que descifrara su contenido, algo que nunca llegó a suceder. Sin embargo, la denominada Carta Marci es un documento importante para adentrarse en el conocimiento de la historia del origen del manuscrito que actualmente se conserva en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale[2].

A medio camino entre un marcapáginas y un recuerdo se encuentran las estampas religiosas (de las cuales muestro dos de ellas con un pequeño grabado), y probablemente las tarjetas postales. Justamente en abril de 2008 se dio a conocer el hallazgo dentro de un libro de una tarjeta postal de felicitación de año nuevo escrita por Anna Frank en diciembre de 1937.

En Bibliópolis, Rafael Alberto Arrieta recreó el emocionante relato del bibliófilo francés Jean Baptiste Tenant de Latour[3] extraído de sus memorias, sobre el feliz hallazgo de un ejemplar de la “Imitación de Jesucristo” que había pertenecido a Juan Jacobo Rousseau, y además, de una flor seca de vincapervinca colocada entre sus páginas por el propio Rousseau luego de encontrarla durante una de sus travesías narrada con detalle por él mismo en un tomo de sus Confesiones[4].

Otros hallazgos pueden ser inquietantes. Pío Baroja afirmaba: “En un libro que vi hace años en la feria que se instalaba entonces en el Prado, cerca del Botánico, encontré un trozo de trapo rojo envuelto en un papel que decía: “Sangre del obispo Izquierdo, muerto por el cura Galeote en la iglesia de San Isidro, de Madrid”.

Notas:

[1] Baroja, Pío. Intermedios. Madrid, Espasa Calpe, 1931, p. [163].

[2] Dos Santos, Marcelo. El Manuscrito Voynich: el libro más enigmático de todos los tiempos. Madrid, Punto de Lectura, 2006, pp. 43-44 y 55-58.

[3] Arrieta, Rafael Alberto. Bibliópolis: impresores – lectores – bibliófilos. Buenos Aires, Viau y Zona, 1933, pp. [103]-109.

[4] Según Wikisource la bibliothèque libre, dicho volumen fue adquirido en mayo de 1863 por el duque de Aumale, y aunque debería estar en la biblioteca del Museo Condé, en el castillo de Chantilly, se afirma al presente que este libro no forma parte de dicha colección. (https://fr.wikisource.org/wiki/Discussion:Un_souvenir_de_Jean-Jacques_Rousseau)

La biblioteca pública de Whithorn en The wicker man

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En un blog de divulgación de temas culturales[1] relacionados al poblado de Whithorn en Escocia, hay un interesante post sobre la historia de la biblioteca pública de la localidad fundada en 1911, donde se resalta el hecho de haber servido como una de las locaciones de la película The wicker man (El hombre de mimbre). En varios sitios de Internet entre los cuales podemos mencionar a Geograph[2] y The movie district[3] se muestran varias calles, fachadas, paisajes, etc., que fueron utilizadas en la filmación de ésta película, siendo de nuestro especial interés la foto de la placa que conmemora el uso de la biblioteca pública de Whithorn como lugar de locación. Esta placa, similar a la colocada en otra calle como recordatorio de la realización de la película, está ubicada al lado derecho de la fachada de la biblioteca.

(Imagen tomada de http://www.wickermanpilgrim.com/whithorn.html)

Transformada con el tiempo en una película de culto, The wicker man es una producción británica de 1973 dirigida por Robin Hardy, que plantea al espectador la dificultad de situarla en un determinado género narrativo, pues la trama constituye una mezcla de terror y suspenso aderezada de erotismo con fuga de musical. Un soberbio Christopher Lee es el jefe y guía espiritual de una misteriosa y cerrada comunidad isleña casi separada del resto del mundo donde se practican ritos paganos relacionados con la fertilidad de la tierra, entre ellos la construcción y quema de un hombre de mimbre de proporciones colosales. En este poblado llamado Summerisle el policía Neil Howie (Edward Woodward), procedente de la metrópoli, investiga la misteriosa desaparición de una niña, sin sospechar que su búsqueda tendrá consecuencias fatales. En estos tiempos de pandemia en los que visionar películas se ha vuelto casi un ritual, es muy aconsejable revisar esta cinta que el tiempo ha consagrado como clásico. Cabe mencionar que en 2006 se realizó una nueva versión protagonizada esta vez por Nicolas Cage, la que no obtuvo una buena recepción por parte de la crítica debido a la introducción de varios cambios en el desarrollo de la trama que terminaron por anular el ambiente de misterio y suspenso que caracterizó a la cinta original.

En interés de nuestro blog, destacamos tres momentos de la película.

En la búsqueda de pistas sobre el paradero de la niña desaparecida, el policía Howie acude a la oficina de registros civiles a consultar el libro de defunciones. La actriz Ingrid Pitt aparece como responsable de la atención. Como bien se destaca en la página Reel librarians[4], este personaje no tiene nombre y figura en el reparto de la película como «la bibliotecaria», no obstante que más bien cumple el papel de registradora. Es evidente, sin embargo, que la estética del personaje se corresponde con la clásica imagen estereotipada de la bibliotecaria que se resiste a dar información, ataviada con un vestido conservador y con un peinado recogido en dos moños laterales. Imagen que se contrasta luego con otra escena hacia el final de la película, donde la misma actriz aparece tomando un baño de tina en provocativo gesto ante la turbación del policía, haciendo honor al encargo que le diera el director de representar a una “bibliotecaria ninfómana”.

Después de varias otras escenas se ve a un grupo de infantes en fila india encabezados por una niña que carga un muñeco amortajado de blanco cantando repetidamente “Llevamos la muerte fuera del pueblo” pasando por la acera delante de la biblioteca de Whithorn y a continuación se aprecia el frontón de piedra de la misma como la ficticia biblioteca pública de Summerisle.

A continuación, presumiblemente en un ángulo real de la biblioteca y teniendo de fondo estantes con libros, se muestra al policía Howie consultando algunos de ellos en una mesa, tratando de encontrar información sobre las ceremonias rituales de los antiguos paganos.

El sitio The Open Book[5] y la sección del sitio web Fandom[6] dedicada a The wicker man aseveran que tanto la oficina registral como la sala de lectura eran sectores reales de la biblioteca de Whithorn. En el caso de las locaciones en la biblioteca antes mencionados, debe ser difícil comprobarlo a simple vista al día de hoy, dado que todos sus interiores fueron remodelados en 1995. La antigua fachada de la biblioteca cuyo frontón se muestra en la película se mantiene casi inalterada, salvo por el añadido de una rampa de doble acceso con baranda para facilitar el acceso de personas discapacitadas, que reemplazó a otra anteriormente emplazada en el mismo lugar, con un acceso de escalones por un lado, y rampa por otro.

El año 2010, cuando se encontraba muy próxima a alcanzar el centenario, y como ya es común en otras partes del mundo, hubo un intento de cerrar la biblioteca pública de Whithorn por falta de presupuesto[7], lo que finalmente no se concretó por la acción decidida de la propia comunidad. En Twitter[8] existen unas fotos de 2016 que muestran la biblioteca por dentro como un espacio moderno y acogedor.

La biblioteca pública de Whithorn se halla en el número 60 de la calle St. John. El centro poblado de Whithorn, de alrededor de 780 habitantes, pertenece al concejo de Dumfries y Galloway en Escocia.

[1] http://aye-whithorn.blogspot.com/2009_10_01_archive.html

[2] http://www.geograph.org.uk/snippet/11534

[3] http://www.themoviedistrict.com/the-wicker-man-1973/2/

[4] https://reel-librarians.com/2016/10/19/nymphomaniac-librarian-in-the-wicker-man/

[5] https://theopenbookwigtown.tumblr.com/post/169734815141/day-3-14118-come-it-is-time-to-keep-your

[6] https://twm.fandom.com/wiki/Locations_-_in_the_order_they_appear_in_each_version_(with_real_locations_as_well)

[7] https://wildhunt.org/2010/12/quick-notes-subcultural-red-light-districts-vodou-and-the-wicker-man-library.html

[8] https://twitter.com/DumGalLibraries/status/702605017526771717

Incunables peruanos en bibliotecas del país y del extranjero, y adiciones al catálogo Incunables peruanos en la Biblioteca Nacional del Peru (1584-1619): algunas notas de campo sobre una investigación bibliográfica

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Por A. Martín López Saldaña

Esta no es solo la reseña de cómo se gestó esta investigación. Es además, una historia de agradecimiento a los que la hicieron posible. A lo largo del tiempo hemos visto ejemplos de bibliografías vastas y eruditas que se perdieron por falta de apoyo o auspicios. Basta mencionar al librero y bibliógrafo Carlos Prince con su anunciada bibliografía Los incunables peruanos (1584-1650), manuscrito perdido irremisiblemente según tengo entendido, y a Carlos A. Romero cuya Adiciones a “La imprenta en Lima”, una ampliación de la célebre obra del polígrafo chileno José Toribio Medina, se editó recién en 2009, más de medio siglo después de producido su fallecimiento. Me disculparán, por lo tanto, si en ese contexto me considero muy afortunado por haber llevado a la imprenta este pequeño esfuerzo.

El autor de la nota (con guardapolvo) junto al Sr. Jason Mori en la Sala de Investigaciones Bibliográficas de la BNP, por los años en que se realizó la obra Incunables peruanos en bibliotecas del país y del extranjero 

Corría el mes de abril de 2003. Tenía yo casi 29 años, y luego de haber ingresado a la Biblioteca Nacional del Perú en 1993, llegando con el tiempo a laborar sucesivamente en varias dependencias de la misma, me desempeñaba por entonces como referencista en la Sala de Investigaciones Bibliográficas bautizada como “Alberto Tauro”, la que como muchos recordarán funcionó hasta el año 2006 en el segundo nivel del patio colonial del local de la avenida Abancay. La atención al público investigador estaba a cargo de la Dirección de Servicios e Investigaciones Bibliográficas. Es así que un día recibo verbalmente el encargo (entiéndase en realidad orden verbal) de la directora ejecutiva de entonces (cuyo nombre prefiero mantener en reserva) de realizar una investigación para ser publicada en la revista Fénix.

  • ¿Y cuál es el tema que debo investigar? -pregunto a la directora.
  • El tema que quieras –me responde.

Ante mi evidente preocupación, la directora me aconseja investigar sobre incunables. Inmediatamente pregunto: ¿peruanos? ¿extranjeros? Y a continuación una respuesta muy parecida a la anterior:

  • De lo que sea. Tú ves.

Superando esta impresión, me repuse y consideré que la situación en la que me encontraba no era tan mala después de todo. Calculé que redactando un breve artículo de divulgación podría salir airoso de un trabajo para el cual francamente no me sentía preparado. Al mal paso, darle prisa.

No obstante y gracias al curso Taller de Bibliografía a cargo del investigador Jorge Parado Chirinos, que se impartía por entonces en la Escuela de Bibliotecología de la universidad de San Marcos, y también por qué no decirlo, a mi propia curiosidad, tenía algún conocimiento previo sobre el tema. Había revisado aunque muy a la ligera el artículo capital de Luis Agustín Cordero sobre incunables extranjeros en la Biblioteca Nacional del Perú publicado en Fénix, así como su libro sobre incunables peruanos publicado por el Seminario de Historia Rural Andina. También conocía el catálogo de incunables peruanos conservados en la Biblioteca Nacional del Perú elaborado por Irma Gayoso y un equipo de bibliotecarias bajo la supervisión de Alberto Tauro. Una costumbre que hasta ahora conservo, es la de coleccionar información y/o artículos de interés sobre temas relativos al libro y a las bibliotecas (en original, fotocopia y recientemente como impresos por computadora). En uno de estos artículos tenía por ejemplo información más o menos amplia sobre cuál fue el primer impreso peruano. Sin embargo, haciendo un recuento de éstos conocimientos y de otras informaciones que a primera vista me podían ser muy útiles como base para iniciar este trabajo, se produjo en mí el efecto contrario pues me iba convenciendo que en lo referente a incunables en la Biblioteca Nacional el tema estaba ya suficientemente abordado, y que cualquier texto que pudiera componer sería una simple repetición.

Es aquí cuando descubro lo evidente: se poseían repertorios de los incunables peruanos (e incluso de los extranjeros) que la Biblioteca tenía, pero la información sobre los incunables que la Biblioteca no poseía en sus colecciones se encontraba pendiente de reunión, pues figuraba dispersa en varias fuentes. Los grandes repertorios de impresos peruanos de José Toribio Medina y de Rubén Vargas Ugarte, e incluso de Mariano Felipe Paz Soldán, eran por entonces obras agotadas cuya consulta se circunscribía físicamente a las bibliotecas de corte histórico, o en contados casos a las versiones digitales disponibles por Internet cuya revisión podía resultar engorrosa si se trataba de una obra en varios volúmenes. A lo largo de los años, mucho después de publicados estos trabajos, Guillermo Lohmann Villena y otros investigadores también habían realizado hallazgos de otros impresos antiguos de los cuales no había noticia previa o cuya descripción era incompleta. Lo más importante: la Biblioteca Nacional del Perú es el referente obligado de la producción intelectual peruano-peruanista de todos los tiempos, por lo que consideré que contar con un repertorio que reuniera las descripciones y ubicaciones de los incunables peruanos conservados en otras bibliotecas del Perú y del extranjero sería un buen aporte a la institución y en general a los estudiosos de la historia del libro y la imprenta en el Perú.

Definido el propósito principal, empecé la revisión de todos los recursos y fuentes que la Biblioteca Nacional podía poner al alcance de un investigador: catálogos de fichas, catálogo en línea, el catálogo de autores de la colección peruana conocido como Catálogo Hall, las colecciones de la revista Fénix, el Boletín y el Anuario bibliográfico de la BNP, el Manual del Librero Hispano-Americano de Palau y Dulcet, La imprenta en Lima de Medina y sus adiciones; Impresos peruanos de Vargas Ugarte, índices como los del Boletín de la Biblioteca de la universidad de San Marcos, los trabajos de Nicolás Antonio, etc. Todos los impresos consultados obran en la bibliografía del libro resultante.

En el camino me percaté de los errores que algunos bibliógrafos habían cometido al transcribir ciertas referencias, las que aun cuando fueron corregidas en su momento por otros estudios posteriores volvían a ser recogidas y publicadas, incluso presentadas como nuevos hallazgos. Recuerdo en especial un impreso que fue datado como incunable peruano, siendo que el único ejemplar conocido según la compiladora que lo citó se encontraba en la Biblioteca Nacional del Perú. Por más que se buscó dicho ejemplar, éste no aparecía, hasta que alguien sugirió buscar en el grupo de libros quemados rescatados del incendio que por ese entonces se guardaban en cajas sin orden ni listados. Apareció el impreso, y de ese modo se pudo comprobar que no era incunable, pues aunque no poseía fecha de impresión fue evidente que la autora de la bibliografía se había limitado a leer la fecha que era mencionada en el texto al pasar la primera página, juzgando innecesario continuar con su lectura seguramente por la cantidad de polvo blanquecino que emanaba de entre sus páginas y que según una versión no confirmada se trataba de talco para minimizar los efectos de la humedad cuando los bomberos utilizaron agua para apagar el incendio de la Biblioteca Nacional en mayo de 1943.

También emprendí algunas exploraciones sobre cómo llegó a utilizarse la frase incunable peruano para referirse a los primeros impresos producidos en el Perú. Recordemos que en el contexto americano, los primeros impresos se produjeron en México, por lo que en la bibliografía especializada se hablaba de incunables americanos. Perú, por su parte, pocos años después de México, fue el primer país de América del Sur y el segundo en todo el continente en contar con impresos, por lo que como bien lo sostuvo en su momento Alberto Tauro, era muy apropiado el uso del término incunable peruano. Todo esto está referido con más detalle en la nota introductoria de la obra.

El Internet se convirtió en un gran aliado de esta investigación, pues permitió confirmar las existencias de incunables peruanos en varias bibliotecas del mundo, ejemplares de los cuales se tenía noticia previa por sus catálogos impresos. En esa época, varias bibliotecas ya habían desarrollado y publicado sus catálogos en línea, e incluso se mostraban algunos incunables a texto completo. De este modo se podía establecer en cuáles bibliotecas existían ejemplares con toda seguridad. Completaban los datos las referencias a ediciones facsimilares o transcripciones modernas de dichos incunables, e incluso las copias en microfilm que en el transcurso de los años y en el marco de las ayudas recibidas por otras bibliotecas habían sido proporcionados a la Biblioteca Nacional. Valiosos datos sobre el ejemplar de un incunable ubicado en Ayacucho durante una labor de mapeo de patrimonio y otras informaciones me fueron proporcionadas por la Srta. Nancy Herrera.

No solamente se consignaron incunables que se encontraban fuera de la Biblioteca Nacional. Inesperadamente, conforme avanzaba la investigación se ubicaron varios incunables peruanos en nuestras propias colecciones que por una u otra razón no habían sido descritos en el catálogo Incunables peruanos (1584-1609). Varios impresos menores fueron localizados entre los volantes rescatados del incendio de la Biblioteca Nacional en 1943. También se ubicaron dos libros quemados en sus bordes: un ejemplar de las Constitvciones Synodales del Arzobispado de los Reyes en el Pirv de 1614, por el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero, y la Relacion de las fiestas que a la inmaculada Concepción de la virgen N. Señora se hicieron en la real ciudad de Lima en el Perú, por Antonio de León Pinelo, impresa en 1618. Aquí quiero dejar constancia de mi agradecimiento a la Srta. Emma Cortés, directora ejecutiva de Preservación y Conservación, y Srta. Pilar Navarro que por entonces laboraba en la Dirección de Patrimonio Documental Bibliográfico. Estos hallazgos (12 incunables en total) obligaron a crear una sección de Adiciones al catálogo de 1996. De esta forma, lo que se pensó inicialmente como un simple artículo para una revista terminó siendo un trabajo mucho más extenso, integrado por un prólogo, las notas introductorias, la reunión y actualización de las descripciones de los incunables y de sus referencias de ubicación, y las adiciones al catálogo de los incunables peruanos editado en 1996 por la Biblioteca Nacional del Perú.

Habiendo cumplido con esta investigación en un lapso muy corto (no mayor a seis meses) y solo cuando consideré que el trabajo estaba verdaderamente terminado, la presenté a las instancias superiores, pero no se publicó. Aunque personalmente estaba conforme por haber realizado esta investigación, me incomodaba la idea de que el resultado permaneciera inédito y que de esa forma no pudiera ser cuestionado, revisado, o debatido. Un investigador boliviano cuyo nombre desgraciadamente he olvidado, que asistía por entonces con regularidad a la sala de Investigaciones y al cual alcancé incidentalmente la versión final que había redactado por una consulta relativa a su tema de investigación, me sugirió que la sustentase. Creo que en alguna ocasión por 2005 se me informó verbalmente que se iba a publicar en la revista Fénix, pero que se iba a prescindir de las descripciones bibliográficas (o sea, de la parte medular del trabajo) “porque era un trabajo muy largo” a lo que me negué por supuesto. Este estudio finalmente vio la luz merced a un buen amigo, el colega David Coloma Santibáñez, quién habiendo encontrado varios trabajos pendientes de publicación al asumir el área de ediciones en 2006, juzgó que mi trabajo podía publicarse como un libro. Y así es como salió finalmente.

La elección de los grabados que lo engalanan tuvo algo de premonitorio. Cuando atendía al público como referencista en la sala de investigadores, revisando un libro antiguo que había sido consultado por algún usuario me encontré con los grabados originales que representaban los ambientes de una imprenta limeña del siglo XVIII. Años después, se me pidió que propusiera cuál podría ser la ilustración de la tapa. Recordé los grabados, siendo que gracias a la memoria fotográfica de mi buen amigo y colega Jason Mori pudieron ser ubicados, y así reproducidos. Para el trabajo de edición propiamente dicho tanto en 2006 y 2008 conté con la grata asistencia de otro amigo, el Sr. José Luis Portocarrero Blaha.

Otras personas a las cuales debo agradecimiento son la Sra. Irma López de Castilla, colega que tuvo a su cargo el prólogo, y muy especialmente el investigador y profesor universitario Jorge Prado Chirinos, quien tuvo la gentileza de presentar esta obra en la IX Feria Internacional del Libro de Lima en julio de 2006.

La tirada de la primera edición se reducía a trescientos ejemplares; la de la segunda en 2008 (permítaseme aquí un paréntesis para agradecer la gestión del Sr. Benjamín Blass) alcanzó quinientos ejemplares. No obstante estas cifras, puedo repetir aquí con razón lo que el erudito Sr. Charnot, personaje de la novela Una mancha de tinta del autor francés René Bazin, alegó cuando se le hizo notar que de un libro suyo solo se habían vendido veintisiete ejemplares: “veintisiete ejemplares, cuando son leídos por veintisiete hombres de talento, dan popularidad”. Efectivamente, y como asentía otro de los personajes de la misma novela de Bazin “hay éxitos que, aun no siendo ruidosos, son estimables”. En su momento tuve la satisfacción de recibir palabras encomiosas y una reseña muy elogiosa en el Boletín de la Sociedad Argentina de la Información por parte de la persona de su presidente, el Sr. Raúl Escandar. Ejemplares de esta obra figuran en los catálogos de la Library of Congress, de las universidades de Stanford, California (cuyo ejemplar fue digitalizado por Google Books), Yale, Illinois, y hasta en bibliotecas de Alemania.

Cubierta de la segunda edición de 2008

Y para finalizar, a continuación un curioso episodio de acusaciones de plagio entre bibliógrafos peruanos que no se mencionó en mi libro sobre incunables y que advertí en el transcurso de mis investigaciones.

Notablemente disgustado y hasta amenazante, Rubén Vargas Ugarte aludió al artículo Adiciones a “La imprenta en Lima (1584-1824)” de Graciela Araujo con estas palabras en  su obra Impresos peruanos (1700-1762)[1]:

La Bibliografía, si se reduce a entresacar de acá o allá las descripciones hechas por quienes han tenido ante su vista los ejemplares descritos, no tiene valor alguno. Es solo labor de mecanografía. Por este motivo, nos ha llamado la atención que en la Revista Fénix, número octavo, bajo el pretexto de honrar a Medina, se hayan reproducido todas las adiciones hechas por nosotros al célebre bibliógrafo en el tomo segundo de esta obra. Si por entonces hubiese yo entregado al público el tomo octavo y el noveno, o sea el presente, las adiciones que ya pasan de seiscientas, habrían llenado las páginas de esa revista, pero el hecho hubiera constituido un acto de verdadera piratería literaria.

Todo esto prueba que en materia bibliográfica siempre se puede completar a los que nos precedieron y esta ha sido nuestra pretensión. Pienso que lo hemos logrado y que en los tomos publicados y en los que se seguirán, los entendidos y familiarizados con esta clase de trabajos podrán apreciar el esfuerzo que hemos llevado a cabo. Como una muestra de la importancia de la labor realizada, que no se ciñe tan solo a adicionar a Medina sino a enmendar y corregir inevitables yerros, basta decir que, citando de la Gaceta de Lima solo 13 números en su obra, nosotros hemos llegado a describir 102, comprendiéndolos todos bajo un mismo número de orden, como es costumbre hacerlo en estos casos.

Por todo ello advertimos que nos reservamos el derecho de transcribir en todo o en parte, así sea en una revista, el fruto de nuestras investigaciones y lo defenderemos por todos los medios que estén a nuestro alcance.

Paradójicamente, el mismo Vargas Ugarte fue implícitamente acusado de plagio a su vez por Guillermo Lohmann Villena cuando éste último escribió lo siguiente[2]:

Proporciono la signatura de este ejemplar [de la Preciosa Margarita, de Diego Flores impresa en 1611], aun con riesgo de que en obras ajenas se reproduzcan mis referencias, sin citar la procedencia de las mismas. Cfr. Vargas Ugarte, “Impresos peruanos” (1584-1650), págs. 71 y 254, papeleta número 89, y (1700-1762), pág. 350, papeleta número 1862, en que se colacionan impresos limeños cuya información facilité respectivamente en el «Boletín Bibliográfico de la Biblioteca de la Universidad Nacional de San Marcos”, año XXII (Diciembre 1949) N° 3-4, págs. 201-203; y “El Comercio” de Lima, 15 de Enero de 1956”.

[1] Vargas Ugarte, Rubén. Impresos peruanos (1700-1762). Lima, [s.n.], 1956.

[2] Lohmann Villena, Guillermo. ‘La Preciosa Margarita’ del licenciado Diego Flores. En Documenta, revista de la Sociedad Peruana de Historia. Lima, 1965, n° 4, p. 327.